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Numerosos estudios realizados en las últimas décadas han mostrado los beneficios de las dietas vegetales en la salud humana, en concreto en la prevención y el tratamiento de la obesidad, de la diabetes, de las enfermedades cardiovasculares, la diverticulosis y de algunos tipos de cáncer. La adopción de una dieta vegana por parte de la población mundial evitaría 8,1 millones de muertes anuales y ahorraría a los sistemas sanitarios 1 trillón de dólares al año, según cálculos de la Universidad de Oxford.

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Los beneficios medioambientales también serían enormes y actualmente tanto la ONU como las principales entidades académicas que estudian estos temas consideran que no es posible luchar contra el cambio climático sin una reducción masiva en el consumo de carne y otros productos animales.

Cuando la evidencia científica es tan aplastante, ¿cómo se justifica que los médicos y otros profesionales sanitarios todavía no la acepten y no la incorporen a su práctica clínica? ¿Cómo se justifica que no solamente no animen a sus pacientes a adoptar dietas más vegetales sino que la mayoría de las veces intenten convencer a sus pacientes de que no se hagan vegetarianos o veganos, llegando incluso en algunos casos a las amenazas? ¿Cómo se explica esto?

Se podría argumentar que los médicos y otros profesionales sanitarios no recibimos mucha formación en nutrición y otras medidas preventivas durante nuestros años en la universidad, pero esto no es suficiente para explicar esta actitud, ya que hoy en día la formación continuada está al alcance de cualquiera y los datos de los estudios científicos sobre nutrición se difunden rápidamente a toda la población.

La Cátedra Carne y Salud, de la Universidad de Barcelona, está directamente financiada por la patronal cárnica española

Tenemos que recordar que los médicos somos ciudadanos normales y como tales nos hemos educado y vivimos en una cultura carnista, una cultura que glorifica la carne y los demás productos animales y que considera que comer estos productos es “normal, natural y necesario”, como bien explicó la psicóloga Melanie Joy en el año 2001. Por tanto a los médicos nos gusta comer carne, queso y alimentos azucarados y ultraprocesados como a cualquier otro ciudadano; y nos resistimos, como cualquier otra persona, a dejar de hacerlo. Y además, amparándonos en la autoridad de nuestra “bata blanca”, usamos cualquier excusa pseudocientífica para no renunciar a este privilegio. Esta actitud de los médicos respecto a la alimentación recuerda bastante a lo que ocurrió con el tabaco hasta hace dos décadas. Incluso una vez que quedó demostrado más allá de toda duda que el tabaco produce cáncer y aumenta el riesgo de enfermedades cardiovasculares, muchos médicos siguieron no solo fumando, sino que lo hacían en sus consultas delante de sus pacientes e incluso en los hospitales. Solo fue cuando esto se prohibió por ley que dejaron de hacerlo.

Las similitudes entre el tabaco y la carne (y otros alimentos nocivos) van más allá de las actitudes individuales de los profesionales sanitarios

Aunque hay diferencias obvias entre el tabaco y la comida, la forma en que la industria alimentaria está actuando en este siglo tiene muchos paralelismos con la forma en que la industria tabaquera lo hizo el siglo pasado. Por cierto que el tabaco, que hasta hace unos años era el primer factor de riesgo de muerte prematura en EEUU, ha pasado al segundo lugar y ha cedido el primer puesto a la mala alimentación.

En los años 50 y 60, cuando empezaron a publicarse estudios científicos que mostraban los terribles efectos del tabaco en la salud humana, la industria tabaquera diseñó un plan con el fin de contrarrestar la mala imagen que el tabaco estaba adquiriendo y, por supuesto, evitar la disminución de las ventas. La finalidad era sembrar dudas, crear controversia y desacreditar a los científicos que alertaban de los peligros del tabaco. La industria gastó millones de dólares en esta campaña y causó millones de muertes prematuras en los países occidentales. En los años 80 lo intentaron de nuevo: Philip Morris creó el “Whitecoat Project” (“proyecto bata blanca”), campaña destinada a rebatir los perjuicios que sufren los fumadores pasivos y a evitar la promulgación de leyes que restringían el consumo de tabaco en espacios públicos. Para ello sobornó a médicos y científicos para que difundieran la idea de que de nuevo, no estaba “suficientemente” probado que estar expuesto al humo del tabaco fuera perjudicial para la salud.

En el año 2015 la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró, tras estudiar la evidencia científica acumulada durante décadas, que la carne roja procesada (beicon, salchichas, embutidos…) está asociada de forma clara con un mayor riesgo de cáncer colorrectal, y que el consumo de carne roja en general podría también incrementar el riesgo de desarrollar otros tipos de cáncer. Este anuncio fue inmediatamente difundido por todos los medios de comunicación general de los países occidentales.

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¿Qué hizo la industria cárnica entonces?

En un movimiento calcado de la industria tabaquera, la industria cárnica sacó toda su artillería para neutralizar este mensaje. El North American Meat Institute, un poderoso grupo de presión estadounidense, ridiculizó rápidamente el anuncio de la OMS tildándolo de “dramático y alarmista”, y “contrario al sentido común” e inició una campaña de difusión de mensajes que ponían en cuestión las conclusiones de la OMS y ensalzaban las propiedades beneficiosas de la carne.

En España, gracias a una filtración a la prensa, nos enteramos de que la industria cárnica reclutó a un grupo de médicos de diferentes especialidades, a los que envió a más de 50 entrevistas en medios de comunicación para que dieran su opinión favorable sobre la carne. Estos “expertos” no declararon que recibían “gratificaciones” por participar en estas entrevistas, y en consecuencia los ciudadanos pensaron que esa opinión “experta” era independiente. La industria gastó más de 100.000 euros en esta campaña. También “gratificó” a asociaciones médicas y de pediatría para que emitieran comunicados oficiales que explicaban a la población las bondades de la carne y la obligatoriedad de su consumo. Algunas de estas actividades de difusión fueron realizadas desde la Cátedra Carne y Salud, de la Universidad de Barcelona, que está directamente financiada por la patronal cárnica española.

La industria cárnica es el cuarto sector industrial de nuestro país y su negocio supone el 2,2% del PIB español

Es obvio que se juegan mucho y han demostrado que van a poner todos los medios para proteger sus intereses económicos, aun a costa de la salud de la población. Solo podemos defendernos siendo ciudadanos críticos, informándonos en fuentes fiables e independientes y tomando decisiones en consecuencia.

Para leer más:

Autora: Miriam Martínez, Médico Pediatra

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