Un modelo de alimentación sostenido por la proteína vegetal es el camino para lograr alimentar dignamente a toda la población mundial, 10.000 millones de personas, y frenar el problema de la deforestación, es decir: la destrucción de masa forestal, así como mitigar la emergencia climática. El modelo alimenticio sostenido por la ganadería industrial está obsoleto, es el causante del mayor maltrato animal en toda la historia y destruye nuestro planeta, pero, además, no podrá satisfacer la demanda mundial de alimentos en las próximas décadas.

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Según datos publicados en 2024 por National Geographic, tan solo en los últimos 13 años, la deforestación ha arrasado 43 millones de hectáreas en todo el mundo, acabando con bosques y selvas de forma masiva y causando un inmenso daño a la calidad de los suelos. El último medio siglo, ha supuesto el mayor coste de deforestación de la historia, se ha arrasado hasta un 15% de la superficie mundial de vegetación, un espacio geográfico equivalente al tamaño de España, Portugal y Francia. En este artículo analizaremos los motivos por los cuales implantar un modelo de alimentación plant-based o vegano es la manera más efectiva para evitar la tala masiva de árboles, dado que el modelo alimentario actual, centrado en el consumo de proteína animal, es inviable y nuestro planeta nos pide ayuda. ¡Vamos allá!

¿Por qué el consumo masivo de carne causa deforestación a gran escala?

La generalización del estilo de vida occidental y por consiguiente sus hábitos alimentarios, han generado un desequilibrio insostenible en nuestro planeta, puesto que se consume más y más rápido de lo que la naturaleza puede regenerar. La ganadería intensiva es un ejemplo paradigmático de consumo de depredación y, por ello, se ha convertido en un grave problema ambiental y económico, porque los problemas ambientales terminan deviniendo problemas económicos.

La producción industrial de carne no resulta rentable en términos relativos a los recursos hídricos, superficie agrícola usada y kilos de pienso. Conforman un engranaje de un sistema tan agresivo y depredador como ineficiente. La insostenibilidad del balance de recursos naturales invertidos en el sistema cárnico ya ha sido investigada por los máximos expertos mundiales. Hace casi dos décadas, en el año 2008, la FAO ya advertía a través del estudio llamado La Larga Sombra del Ganado, que la producción de carne era causante de hasta el 18% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero y que los cultivos de soja transgénica y cereales para la producción de piensos para granjas eran a su vez la principal causa de deforestación. Un modelo que genera un circuito de retroalimentación absolutamente destructivo y que hipoteca la seguridad alimentaria de las generaciones de un futuro no tan lejano.

Mirando hacia el pasado, veremos que, hasta hace no tantos años, la industria ganadera solía utilizar harinas de huesos y restos cárnicos para elaborar los piensos con los que se alimentaba al ganado intensivo. Este tipo de pienso engordaba muy rápidamente, pero resultó ser el factor determinante causante de la epidemia de las vacas locas (encefalopatía espongiforme bovina, EEB) que causó un verdadero desastre moral y económico en el sector ganadero europeo. De las vacas locas aprendimos que un animal herbívoro no puede comer piensos cárnicos, pero no aprendimos la lección completa, pues tratar como meras máquinas de producción de carne a los animales conlleva consecuencias más allá del maltrato animal. Desde aquella hecatombe bovina, los piensos proteicos se empezaron a elaborar a base de harina de soja (en su mayoría transgénica), harina de maíz o harina de pescado. Por su alto valor proteico y su bajo coste, la harina de soja se ha convertido en la principal materia prima para la fabricación de piensos de granja, un producto cuya demanda es altísima, puesto que la demanda de carne también lo es.

La medida más efectiva para ayudar a nuestra atmósfera a soportar las emisiones de gases contaminantes de efecto invernadero es conservar grandes superficies de masa forestal

La soja (Glycine Max) es una leguminosa oriunda de Asia muy apreciada por su alto valor nutritivo, especialmente, por su alto contenido en proteínas de calidad. Las poblaciones asiáticas han consumido soja desde tiempos inmemoriales y se han beneficiado de sus múltiples propiedades. El cultivo de soja, si se efectúa en el marco de un cultivo por rotación estacional, fija el nitrógeno en los suelos. Sin embargo, los actuales monocultivos de soja acarrean graves desequilibrios ecológicos cuando se mantienen de forma prolongada. La prohibición del uso de las harinas cárnicas en la elaboración de piensos para ganado disparó por completo la demanda de soja a nivel global y esto derivó en la expansión de su monocultivo a gran escala.

Actualmente, debido a la demanda masiva, la mayoría de la producción de soja ya no sigue el patrón del cultivo tradicional. Las virtudes de la soja han resultado muy atractivas para las empresas de manipulación genética de semillas, para ofrecer un producto rentable a los productores de carne barata. La gran expansión de áreas destinadas al monocultivo de soja transgénica ha sido una de las principales causas de la deforestación de bosques y sobre todo selva tropical.

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123RF Limited©napior. Deforestación en Brasil

A su vez, la pérdida masiva de áreas selváticas ha provocado una importantísima pérdida de biodiversidad y empobrecimiento de suelos de por sí muy frágiles. Las selvas tropicales y ecuatoriales han sido las más castigadas por la deforestación en los últimos años. Estos ecosistemas son importantísimos, pues concentran los espacios con mayor biodiversidad del planeta y son los más eficientes para limpiar el dióxido de carbono (CO2) de la atmósfera, por lo tanto, son imprescindibles para contrarrestar el efecto invernadero que causa el calentamiento global. La medida más efectiva para ayudar a nuestra atmósfera a soportar las emisiones de gases contaminantes de efecto invernadero es conservar grandes superficies de masa forestal.

El cultivo de la soja representa ya el 26% del total de la producción global. Las grandes llanuras de Brasil, Estados Unidos, Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay son las grandes productoras de soja, sobre todo transgénica, a nivel mundial. Sólo en Brasil se cultivan 52,3 millones de toneladas de soja cada año. La mayoría de esta producción se exporta a Europa y Estados Unidos y su destino es la elaboración de piensos para el engorde de ganado en granjas intensivas. El transporte transoceánico de soja, marítimo o aéreo, lógicamente, también conlleva una demanda significativa de hidrocarburos e importantes costes ambientales en emisiones de gases.

A pesar de que muchos señalan a los veganos y vegetarianos como culpables del aumento de la demanda de soja, los veganos no somos los grandes demandantes, sino las empresas que fabrican piensos industriales para el engorde de ganado, cuya finalidad es producir carne barata. Quienes consumen tofu, en realidad, consumen menos soja que aquellos que consumen hamburguesas de vacuno, ya que se debe tener en cuenta el balance total de todos los costes ocultos exigidos por la producción de carne. Por cada kilo de carne se requieren entre cinco y diez kilos de soja y dieciséis mil litros de agua. Un balance no rentable, pues es mucho más eficiente que el consumo humano sea directamente de productos derivados de la soja y a poder ser procedente de cultivos ecológicos.

Autora: Helena Escoda Casas Historiadora y antrozoóloga, profesora de ciencias sociales.

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