La renuncia de Nueva Pescanova a construir la primera granja industrial de pulpos del mundo en Canarias es una noticia que merece celebrarse. Porque se ha evitado un grave impacto ambiental en uno de los ecosistemas marinos más valiosos de Europa, pero también porque se ha frenado el nacimiento de una nueva industria basada en el cautiverio y la explotación de animales extraordinariamente inteligentes y sensibles.
Es una victoria de la movilización ciudadana, de la ciencia y del trabajo perseverante de organizaciones que durante años han denunciado un proyecto tan insostenible como éticamente inaceptable. Aún así, el problema no ha desaparecido al no eliminarse el riesgo de que otras empresas decidan iniciar proyectos parecidos. Mientras no exista una prohibición legal expresa, cualquier empresa podrá volver a intentar convertir a los pulpos en el siguiente eslabón de la producción intensiva de animales. Hoy ha sido Canarias. Mañana podría ser cualquier otro lugar.
Por eso esta victoria no es el final de este episodio, debe ser el comienzo de una nueva etapa enfocada a evitar cualquier tipo de explotación que esclaviza a otras especies de animales para un beneficio económico a corto plazo, ya que no se contabiliza adecuadamente el costo ambiental.
La industria siempre busca nuevas víctimas
Durante décadas hemos asistido a la expansión de la ganadería y de la acuicultura industrial hacia un número creciente de especies. Cuando unas prácticas empiezan a ser cuestionadas socialmente, la respuesta de la industria no suele ser abandonar el modelo de explotación, sino ampliarlo a nuevos animales y abrir nuevos mercados. Los pulpos eran el siguiente objetivo. No porque existiera una necesidad alimentaria que lo justificara, sino porque alguien vio una oportunidad de negocio.
El proyecto de Nueva Pescanova pretendía convertir a un animal salvaje, solitario y extraordinariamente complejo en una mercancía criada en cautividad. Lo que hasta hace poco parecía impensable comenzó a presentarse como un paso más en la diversificación de la acuicultura. Precisamente por eso su abandono tiene un enorme valor simbólico: demuestra que no todo aquello que resulta técnicamente posible debe llegar a convertirse en una actividad económica.
Un desastre ambiental anunciado
Las razones ambientales para rechazar las granjas de pulpos son contundentes. Los pulpos son depredadores carnívoros que necesitan consumir grandes cantidades de pescado. Su producción industrial supondría aumentar la presión sobre poblaciones marinas ya sometidas a una intensa sobreexplotación, agravando el deterioro de los océanos y acelerando la pérdida de biodiversidad.
A ello habría que añadir los residuos derivados de las instalaciones, el consumo de recursos y los riesgos inherentes a una actividad industrial situada en un entorno tan frágil como las costas canarias. Resulta paradójico presentar como sostenible un sistema que depende de capturar miles de toneladas de otros animales marinos para alimentar a una única especie destinada al consumo humano.
El cautiverio nunca será la respuesta
Sin embargo, reducir el debate a una cuestión ambiental es insuficiente. El problema es también, y, sobre todo, el destino impuesto a los propios pulpos.
La evidencia científica es hoy abrumadora. Los pulpos poseen una notable capacidad cognitiva, aprenden, resuelven problemas, recuerdan experiencias y muestran conductas complejas que reflejan una rica vida mental. Son animales sensibles, curiosos y profundamente adaptados a una existencia en libertad.
También son animales solitarios. Su mundo consiste en explorar, esconderse, cazar, interactuar con un entorno cambiante y tomar decisiones constantes. Nada de eso puede existir dentro de un tanque.
Hablar de “cría” o de “producción” oculta la realidad: el proyecto consistía en condenar a millones de individuos a pasar toda su vida privados de aquello que define su propia naturaleza. No existe una forma ética de convertir el cautiverio permanente de un animal salvaje en un modelo industrial.
Del abandono a la prohibición
INTERCIDS, la asociación de Operadores Jurídicos por los Animales, ha celebrado el abandono del proyecto y ha felicitado a todas las entidades que han trabajado para hacerlo posible, así como a las administraciones públicas canarias que impidieron su desarrollo.
La organización ha destacado el trabajo de Compassion in World Farming (CIWF), AnimaNaturalis y otras entidades que durante años han mantenido la presión social y jurídica, mostrando el rechazo de la ciudadanía y de la comunidad científica.
El proyecto consistía en condenar a millones de individuos a pasar toda su vida privados de aquello que define su propia naturaleza
Pero INTERCIDS también lanza una advertencia que no debería pasar desapercibida: que una empresa retire un proyecto no impide que otra vuelva a presentarlo. Por ello insiste en la necesidad de aprobar una prohibición legal expresa.
En mayo de 2025 registró en el Congreso de los Diputados una propuesta legislativa para prohibir la cría intensiva de pulpos en España, la primera iniciativa jurídica de este tipo presentada en Europa. La propuesta responde al consenso científico sobre la complejidad cognitiva de estos animales, a la incompatibilidad entre sus necesidades biológicas y el cautiverio y al enorme impacto ambiental de esta actividad. Se trata de la primera iniciativa jurídica de este tipo presentada en Europa y continúa pendiente de tramitación.
Una oportunidad para hacer historia
España tiene ahora la posibilidad de convertirse en el primer país del mundo en prohibir expresamente las granjas de pulpos. Solo una prohibición legal puede garantizar que ningún pulpo vuelva a ser condenado a pasar toda su vida en un tanque para acabar convertido en un producto de consumo.
Sería una decisión coherente con el conocimiento científico, con la creciente sensibilidad social hacia los animales y con la necesidad urgente de proteger unos océanos cada vez más amenazados. También supondría algo más profundo: reconocer que no todas las formas de explotación merecen ser reguladas para hacerlas más aceptables. Algunas simplemente no deberían existir.
La retirada del proyecto de Nueva Pescanova demuestra que la presión social funciona. Ahora corresponde a las instituciones convertir esa victoria en una garantía permanente. Porque los pulpos no necesitan mejores condiciones de cautiverio. No necesitan una industria “más responsable”. No necesitan que se perfeccione su explotación. Necesitan algo mucho más sencillo y mucho más justo: que se les deje vivir en libertad.
Esperamos que la ley cierre definitivamente la puerta a las granjas de pulpos y podremos decir que esta victoria es completa.
Autora: Montse Mulé, Editora.
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