Hoy vamos a hablar del topo, un animal que nos es bastante desconocido ya que vive bajo el suelo y rara vez se deja ver. Cada cierto tiempo oímos que lo mencionan en las noticias, asociado siempre a problemas con los agricultores y a propuestas de exterminio. Pero, ¿qué pasa con este pequeño animal que, simplemente trata de vivir oculto a los ojos del ser humano, excavando galerías en la tierra? En primer lugar, tenemos que diferenciar entre topo y topillo, porque podemos llegar a pensar que son nombres sinónimos, pero realmente hacen referencia a especies diferentes.

El topo es un animal fascinante, adaptado perfectamente a una vida subterránea. Es un pequeño mamífero de hábitos solitarios y nocturnos, que sobresale por su increíble capacidad para crear intrincados túneles bajo la superficie de la tierra. Su cuerpo está diseñado para esta actividad y cuenta con unas extremidades cortas y poderosas, provistas de fuertes uñas que le permiten excavar con gran habilidad. Sus ojos son pequeñísimos, casi invisibles, dado que su vista es escasa; sin embargo, su sentido del olfato y del tacto están extremadamente desarrollados, gracias a lo cual puede orientarse a la perfección en la oscuridad de su hábitat subterráneo.
La alimentación del topo está compuesta principalmente por invertebrados del suelo, como lombrices, insectos, larvas y pequeños moluscos. Tiene un metabolismo acelerado y necesita consumir grandes cantidades de alimento diariamente, por lo que podría decirse que es un cazador bastante voraz. Para satisfacer su dieta, el topo crea largas galerías en busca de presas, que detecta con sus sensibles vibrisas (bigotes) y su agudo sentido del olfato. El topo es capaz de almacenar lombrices vivas en su madriguera para tener una reserva de alimento disponible en caso de necesidad.
Puede vivir entre 3 y 5 años, aunque este periodo puede variar según la especie y las condiciones ambientales. Su vida subterránea le brinda cierta protección contra depredadores naturales, aunque se enfrenta a otros peligros que amenazan su vida como inundaciones, sequías o la intervención humana. A diferencia de otros roedores como los ratones o ratas, no suelen comer vegetación, es decir, no dañan los cultivos directamente, puesto que no se alimentan de ellos. El problema es que, al construir galerías, pueden afectar a las raíces de algunas plantas, por eso su presencia es percibida como un peligro para la agricultura.
Estas invasiones masivas son, en gran medida, el resultado de desequilibrios ecológicos causados por prácticas agrícolas intensivas, la destrucción de los hábitats naturales y la reducción de la biodiversidad
Por otro lado, están los topillos, que son pequeños roedores bastante parecidos a los ratones, y que se diferencian de los topos en varios aspectos fundamentales. En este caso sí son herbívoros y se alimentan de una gran variedad de vegetales, como hierbas, semillas, y raíces, lo que los convierte en una amenaza directa para cultivos agrícolas cuando su población crece sin control. A diferencia de los topos, los topillos tienen un comportamiento social más marcado y suelen vivir en colonias. Su ciclo reproductivo es extremadamente rápido, sobre todo cuando las condiciones ambientales son favorables, lo que da lugar a grandes plagas.
Los topos, aunque son vistos como una molestia por los túneles que excavan, cumplen con una función muy importante para la fertilidad del suelo. Cuando cavan, remueven la tierra en lo más profundo y airean el suelo, de manera que el agua y el oxígeno penetra mucho mejor en ella y esto favorece la mineralización y el crecimiento de las plantas. También ayudan a controlar las poblaciones de insectos subterráneos que podrían dañar las raíces de los cultivos. Por tanto, su exterminio indiscriminado puede tener efectos negativos sobre el equilibrio ecológico del entorno agrícola.
Por su parte, el topillo, también tiene un papel relevante en la biodiversidad ambiental, ya que es una especie clave en la cadena alimentaria. Estos pequeños roedores son presas habituales de una gran variedad de depredadores, como aves rapaces, zorros y otros carnívoros. Su presencia permite la supervivencia de estos animales y ayuda a mantener un balance natural en el número de especies. Además, participan en la dispersión de semillas, lo que favorece la regeneración de la vegetación.

El problema surge cuando la población de estos animales aumenta descontroladamente. En los últimos años, las invasiones de topos y topillos se han vuelto un problema recurrente en el mundo agrícola. Estas invasiones masivas son, en gran medida, el resultado de desequilibrios ecológicos causados por prácticas agrícolas intensivas, la destrucción de los hábitats naturales y la reducción de la biodiversidad. El monocultivo, por ejemplo, reduce la variedad de especies vegetales y animales, y esto favorece que proliferen ciertas especies que se adaptan bien a estos entornos homogéneos y empobrecidos, como topos y topillos. Además, la eliminación de vegetación natural y el uso extensivo de pesticidas reducen las poblaciones de depredadores naturales de estos animales, de manera que las poblaciones de topos y roedores crecen sin control.
Los daños que supuestamente causan los topillos en las áreas agrícolas suelen preocupar mucho al sector. Puesto que se alimentan de raíces, bulbos y semillas, pueden destruir grandes extensiones de cultivos. Esto a veces afecta a la producción y provoca pérdidas económicas importantes para los agricultores. Asimismo, las galerías que construyen los topos pueden debilitar el suelo y dañar los sistemas de riego, lo que también causa perjuicios. Estos daños han llevado a muchos agricultores a ver a los topillos y los topos como una plaga a erradicar a toda costa.
El topillo también tiene un papel relevante en la biodiversidad ambiental, ya que es una especie clave en la cadena alimentaria
Lo ideal sería prevenir las plagas mediante una gestión efectiva y ética de la población que combine métodos de control biológico, como la protección de sus depredadores naturales, con técnicas de manejo agrícola sostenibles. Pero lamentablemente las técnicas que se utilizan son casi siempre crueles. Se emplean mucho las trampas mecánicas y los cebos tóxicos. Las trampas se suelen colocar en zonas estratégicas, normalmente en sus rutas de paso o en las galerías principales.
En cuanto al veneno, se sabe que no solo mata a los topillos y los topos, sino que se lleva por delante a otros animales que ingieren el cebo o al propio topo intoxicado. Este efecto en cadena puede llevar a una reducción drástica de las poblaciones de depredadores y agravar aún más el problema de las plagas en el futuro. Existen también técnicas disuasorias, como el uso de dispositivos que emiten sonidos o vibraciones que desagradan a estos animales. Son una alternativa más respetuosa con el medio ambiente y con los animales, pero, a ojos de muchos agricultores, el exterminio es siempre la opción más efectiva. Incluso, se ha llegado a inyectar gas propano en las madrigueras para generar una explosión subterránea lo más mortífera posible. Es este un método cruel, que perjudica a todos los organismos que viven bajo tierra y que altera gravemente el ecosistema.
Una de las estrategias más efectivas para controlar la población de topos y topillos sería la restauración de hábitats naturales y la regeneración de espacios de vegetación autóctona, con el objetivo de recuperar la presencia de los depredadores naturales.
Otra medida eficaz es la instalación de cajas nido para aves rapaces como cernícalos y lechuzas. Estas aves se alimentan en gran medida de pequeños roedores, así que favorecer su presencia en espacios agrícolas puede ser una solución natural, ética y eficiente para controlar las poblaciones de estos animalillos. Un solo cernícalo o lechuza puede consumir decenas de roedores al día. Sin embargo, son métodos que requieren paciencia y respeto por la naturaleza, dos cualidades que no encajan con el mundo capitalista en el que vivimos.
La idea del exterminio de una especie en un área como solución final a un problema que en muchos casos es creado por el ser humano, refleja una falta absoluta de comprensión de los complejos sistemas ecológicos en los que vivimos. Nos encontramos en una absurda lucha kamikaze contra la naturaleza, de la cual, con total seguridad, saldremos perdiendo.
Autora: Noemí Alba, Activista por los derechos de los animales
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