¿Son realmente veganas las frutas y verduras que comemos? Parece una pregunta absurda: ¿cómo no iban a serlo? Ni una manzana ni una acelga deberían contener derivados de origen animal, que es lo que, por definición, hace que algo sea vegano. A continuación, os hablamos de permacultura vegánica.

Permacultura vegánica: agricultura para sanar el mundo

Si miramos detenidamente los modos de producción de las frutas y las verduras, detectamos que en la gran mayoría de los cultivos agrícolas se utilizan productos de origen animal.  Sí: estamos hablando de estiércol. Los excrementos y la orina de los animales explotados se usan como fertilizante, para añadir fósforo al suelo y hacer crecer así las plantas que consumimos.

Pero hay más: una vez que los animales terminan su vida en los mataderos, se rentabiliza hasta la última parte de sus cuerpos. Las piezas que no encajan para consumo directo terminan siendo utilizadas, entre otras cosas, como fertilizantes. Sangre, huesos, pezuñas, plumas, cartílagos, grasas… Todos estos restos se muelen, elaborando un polvo: son las harinas animales.

Hoy en día hay una alta disponibilidad de estos elementos, debido a los modos de producción imperantes. Por supuesto, se trata de un uso problemático para todas aquellas personas que no quieren contribuir al sufrimiento animal. De hecho, su existencia es la base para uno de los argumentos que se emplean para criticar el veganismo. Según esta tesis, sin la explotación no habría estiércol y por lo tanto sería imposible fertilizar campos y huertos.

El término «vegánica» es la combinación de dos palabras: «vegana» y «orgánica»

Sin embargo, hoy sabemos que es posible alimentar a toda la humanidad mediante un sistema de agricultura vegana. También llamada agricultura vegánica, permacultura vegana o agricultura basada en plantas, el término «vegánica» es la combinación de dos palabras: «vegana» y «orgánica».

Como explican desde la Vegan Organic Network, organización internacional con base en Reino Unido, «se trata de una agricultura en la que todos los alimentos se cultivan de forma orgánica, pero además, de forma vegana. Se utilizan exclusivamente fertilizantes basados en plantas, fomentando la biodiversidad, con lo cual no son necesarios productos animales en ningún punto de la cadena, pero tampoco pesticidas».

La Vegan Organic Network fue uno de los primeros impulsores de nuestros días de este tipo de forma de cultivar. Surgió en 1996, creada por activistas pacifistas y antinucleares, que tenían experiencia en horticultura. Al poco tiempo de su creación, comenzaron a editar una revista que hoy en día se llama Growing Green International. Gracias a esta publicación, se pusieron en contacto personas de todo el mundo que no sabían que otras estaban adoptando este sistema de producción.

En 2004 establecieron las Stockfree Organic Standards, normas que certifican que no se utilizan fertilizantes artificiales ni de origen animal, ni tampoco herbicidas o pesticidas. Para la puesta en marcha de este sello contaron con la ayuda, entre otras personas, de Iain Tolhurst, que por aquel entonces llevaba ya diez años cultivando alimentos.

La agricultura vegánica, según la organización VON, es «resiliente ante los mayores problemas del planeta de nuestra era, como la destrucción ambiental y la polución». Lo vegano y lo orgánico son solo dos aspectos de una cultura que va mucho más allá, según explican: «Nuestro compromiso es con la paz y la justicia para las personas, los animales y el medio ambiente en equilibrio sostenible. Debemos cambiar nuestros modos de vida e introducir una filosofía que asegure la vida en nuestro planeta».

Permacultura vegánica: agricultura para sanar el mundo

Para conseguir una agricultura sostenible a largo plazo, declaran, «tiene que existir una nueva relación entre quienes producen alimentos y el sistema. No deseamos políticas que condenen a millones a la pobreza, a la enfermedad y la muerte. Queremos liberar el 85% de la tierra que hoy en día se utiliza para alimentar a animales. Esto nos liberará a nosotros y a ellos de la crueldad del matadero, y liberará tierra para la producción de alimentos y proveerá de lugares para la vida a todos».

Algo muy reseñable de esta práctica es que aúna una base ética muy potente con una práctica que funciona. Iain Tolhurst, uno de los impulsores de la certificación SOS, lleva casi cinco décadas alimentando a personas con lo que cultiva de forma vegánica en su granja, situada al sur de Oxfordshire (Gran Bretaña). Para él, «los alimentos que tomamos son una parte fundamental de quiénes somos. Del suelo al tenedor, las decisiones que tomamos afectan a todo. La agricultura vegánica supone alimentarnos bien, sin causar daños al planeta o a sus habitantes».

Tolhurst lleva cultivando sus plantas de forma orgánica desde 1976. Antes de eso trabajó en una granja lechera y cuenta que esa experiencia le abrió los ojos: «La tierra estaba bajo una intensa presión para producir y los animales no estaban bien».

El granjero precisa que «la forma de cultivo vegánica va más allá de no utilizar estiércol. Supone una buena gestión, cuidar al suelo y poder alimentar a más gente con menos tierra». Afirma orgulloso: «Hemos demostrado que la agricultura vegánica funciona. Es más productiva que la mayoría de sistemas orgánicos, es más sostenible y utiliza menos energía».

En la práctica, utilizan lo que denominan «abonos verdes», sobre todo a base de trébol y alfalfa, pero también hacen humus a partir de la descomposición de astillas de madera, hojas y otros elementos. En su granja distribuyen alrededor de 120 toneladas de verduras cada año.

La agricultura vegánica, así pues, puede verse como algo nuevo, pero no deja de ser una práctica lógica y de sentido común

Su sistema de producción, con un sistema de rotaciones bien diseñadas, les permite cultivar sus propias plantas, garantizando que están operando tanto como les es posible en un «sistema cerrado». Esto significa que no importan «fertilidad producida en otras granjas, lo que reduce nuestra huella energética», explica. También significa que no hay apenas residuos; el ciclo de la vida comienza y termina allí mismo, porque todo se reutiliza y todo tiene una función.

Tal y como han comprobado, «el análisis repetido del suelo ha demostrado que estamos mejorando constantemente la fertilidad, especialmente el fosfato y la potasa, debido a las plantas de enraizamiento profundo. La fauna del suelo ha mejorado mucho, lo que asegura una mejor salud de los cultivos que producimos; es la propia biodiversidad la que, cuando está en equilibrio, hace que ninguna especie se convierta en una amenaza». El uso de abonos verdes y humus vegetal significa que no hay que comprar muchas cosas. Para el inglés, «en términos de implementación es un enfoque sencillo, aunque requiere de más administración y pensar en el futuro».

Todos somos parte de esta red saludable de vida mantenida por el suelo: la palabra humus viene directamente del latín clásico, y se refiere a la capa superior del suelo, resultante de la lenta descomposición de materia orgánica, que va formando el suelo, donde se desarrollan las plantas. Las palabras humus, humildad y humano, provienen de hecho, de la misma raíz.

La agricultura vegánica, así pues, puede verse como algo nuevo, pero no deja de ser una práctica lógica y de sentido común. Nada tan realista como asumir nuestra conexión con el suelo, y nuestra interdependencia con todos los procesos naturales que se dan a nuestro alrededor.

Autora: María Ruiz, Doctorando en Comunicación por la Universidad Pompeu Fabra.

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