Este año, la peste porcina africana se ha confirmado como una de las mayores crisis sanitarias que vive el sector porcino europeo desde hace años. El virus no afecta a los humanos, pero sí es muy contagioso entre cerdos domésticos y jabalíes, lo que ha llevado a los países de la Unión Europea a activar protocolos de bioseguridad y control, que van desde sacrificios masivos hasta confinamientos aún más estrictos para los animales, las verdaderas víctimas de esta epidemia. Estas medidas tienen la finalidad de minimizar el impacto económico, no de proteger a los animales. Aun así, la enfermedad ya ha provocado la pérdida de miles de cerdos y cuantiosos daños económicos en varios países.

Peste Porcina Africana
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La peste porcina africana, conocida como PPA, es una enfermedad vírica altamente contagiosa que afecta a cerdos domésticos y suidos silvestres, con tasas de mortalidad que pueden alcanzar el 90 o incluso el 100% en poblaciones no inmunizadas. El virus puede sobrevivir durante meses en carne cruda o procesada, de modo que los restos mal gestionados, vertederos, explotaciones con fallos de bioseguridad o transacciones comerciales internacionales resultan ser un riesgo, al convertirse en vectores de transmisión hacia jabalíes y otros suidos salvajes. Cómo apuntábamos, no afecta a los seres humanos ni supone un riesgo directo para la salud pública en términos de consumo, pero sí tiene un impacto devastador a nivel económico y productivo. Precisamente por eso, porque amenaza uno de los pilares de la industria cárnica europea, se ha convertido en una prioridad política.

España es uno de los mayores productores y exportadores de carne de cerdo del mundo, y alberga actualmente más de 56 millones de cerdos, una cifra que supera con creces a su población humana. La situación varía según la región, pero hay tendencias que muestran la envergadura del problema a nivel europeo. En Polonia, donde la PPA es endémica desde 2014, se han registrado decenas de focos en granjas este 2025, con casi 8.000 animales sacrificados. El impacto acumulado en la última década supera los 5.000 millones de euros y ha llevado al cierre de hasta el 80% de las explotaciones desde 2013. En Alemania, aunque no se han detectado casos en granjas este año, sí se confirmaron cerca de 2.000 infecciones en jabalíes silvestres, lo que mantiene en alerta a las autoridades. Italia, por su parte, ha contabilizado más de 580 focos, principalmente en jabalíes, y desde 2022 ha sacrificado más de 117.000 animales como parte de sus planes de contención coordinados con la UE. Europa del Este sigue siendo una de las zonas más críticas. Rumanía concentra alrededor del 66% de los brotes registrados en la UE durante 2024, y solo entre enero y noviembre de 2025 confirmó más de 450 nuevos focos. En Croacia, solo en septiembre de este año se sacrificaron más de 10.000 cerdos, y desde 2023 la cifra total ronda los 55.000 animales. Hungría y Bulgaria también reportan cientos de casos en jabalíes, y casi un tercio del territorio húngaro está declarado como “zona infectada”. Letonia, por su parte, tuvo brotes recientes que llevaron al sacrificio de unos 23.000 cerdos en una sola granja.

Reducir el consumo de productos de origen animal no es una postura radical ni ideológica sino una conclusión lógica basada en datos ambientales, sanitarios y éticos

Por su parte, España ha estado bajo especial vigilancia tras detectarse los primeros casos desde hace décadas. Según la Agencia SINC, a finales de noviembre de 2025 se confirmó la presencia del virus en jabalíes encontrados muertos en Bellaterra (Barcelona), lo que activó de inmediato los protocolos de control. Desde entonces, se han analizado más animales sospechosos para determinar la extensión del brote. Esta aparición ha supuesto, de momento, la pérdida del estatus sanitario de España ante la Organización Mundial de Sanidad Animal, lo que ha afectado a la economía relacionada con las exportaciones. Nunca antes en la historia se habían criado, transportado y sacrificado tantos animales para consumo humano como en las últimas décadas. El consumo de carne per cápita se ha multiplicado en los países industrializados, y aunque en algunos sectores se hable de una ligera reducción, la producción global sigue aumentando para abastecer mercados internacionales. Este crecimiento no ha sido neutro, sino que ha traído consecuencias. Ha exigido la expansión de la ganadería intensiva, la concentración de miles o decenas de miles de animales en espacios reducidos, la modificación del territorio y una presión desmedida sobre los ecosistemas.

Así las cosas, la aparición de enfermedades como la peste porcina africana no puede entenderse como un accidente aislado, ni como una desgracia inevitable, ni siquiera como una casualidad espontánea y natural. Es, más bien, un síntoma. Un síntoma de un modelo productivo que fuerza los límites biológicos, ecológicos y éticos de la relación entre humanos y animales. Cuando se concentran tantos cuerpos vulnerables en tan poco espacio, cuando se reduce a seres vivos a unidades de producción y se prioriza la rentabilidad sobre el bienestar, el resultado es un caldo de cultivo perfecto para la propagación de patógenos.

Respecto al actual brote de peste porcina africana (PPA) entre jabalíes en España, hay varias hipótesis sobre su origen que están siendo investigadas por autoridades y expertos. Se barajan varias posibles rutas de introducción. Por un lado, la ingesta de restos de carne porcina contaminada descartados, lo que puede haber ocurrido si algunos jabalíes consumieron alimentos infectados. Recordemos que el jabalí (Sus scrofa) tiene una dieta extremadamente flexible. Se alimenta principalmente de raíces, tubérculos, frutos, bellotas, cereales, invertebrados y pequeños vertebrados, pero cuando encuentra cadáveres de animales o restos orgánicos, los consume sin problema, ya que es omnívoro oportunista.

En otros informes preliminares se ha sugerido que el virus detectado es muy parecido a la cepa de referencia que se usa en laboratorios, lo que ha llevado a considerar e investigar a fondo esta posibilidad. En cualquier caso, la cría y suelta de fauna cinegética, la destrucción de los hábitats y el hacinamiento de millones de animales facilita que enfermedades que antes eran localizadas se propaguen de forma más rápida, amplia y difícil de erradicar.

Peste Porcina Africana
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Cazadores, licencias, granjas cinegéticas

Efectivamente, también es importante señalar a la actividad cinegética, responsable de muchos de los problemas medioambientales actuales, aunque los propios cazadores se empeñen en presentarse a sí mismos como reguladores de los ecosistemas. Una granja cinegética es una instalación donde se crían animales salvajes bajo condiciones controladas con el único propósito de ser liberados en un territorio de caza para que los cazadores puedan abatirlos. Son como fábricas de “piezas de caza” donde se crían perdices, faisanes, corzos o jabalíes en recintos cerrados y luego se sueltan en cotos para asegurar que haya suficientes presas visibles y accesibles para quien paga por cazar. Esto responde, como habrás podido imaginar, a intereses económicos, ya que los dueños de cotos y las organizaciones cinegéticas obtienen grandes ingresos a través de licencias de caza, permisos, servicios y eventos, y necesitan asegurar una oferta constante de animales para mantener ese negocio. Según datos oficiales del Ministerio de Agricultura de España, cada año se crían más de 1,4 millones de animales en granjas cinegéticas y se liberan más de 2,2 millones en el monte, lo que en sí mismo altera las poblaciones naturales y crea desequilibrios ecológicos permanentes.

Este tipo de liberaciones repentinas e intensivas tiene efectos sobre la fauna salvaje. Los animales criados en cautividad están menos adaptados al estrés, recorren nuevos territorios, cruzan con poblaciones silvestres y tienen más contacto con humanos y otras especies, algo que facilita la diseminación de patógenos. Y de esta forma, tenemos los factores ideales para que un virus desencadene una epidemia en poco tiempo.

La mayoría de las enfermedades emergentes tienen origen animal y están estrechamente ligadas a la explotación intensiva, el hacinamiento y la manipulación constante de otras especies

A pesar de ello, la respuesta institucional sigue siendo la misma: más muertes. Más batidas y más sacrificios “preventivos”. Se normaliza la idea de que matar animales es una solución técnica, inevitable, incluso beneficiosa. Resulta especialmente llamativo que, en pleno siglo XXI, con toda la evidencia científica disponible, sigamos abordando problemas estructurales con medidas cortoplacistas que no hacen sino perpetuarlos. La peste porcina africana no desaparecerá mientras existan sistemas que concentran millones de cerdos inmunológicamente deprimidos y sometidos a un estrés constante. No desaparecerá mientras la ganadería intensiva siga siendo el eje central de la producción alimentaria. Y no desaparecerá mientras sigamos tratando a los animales, domésticos o silvestres, como recursos prescindibles.

Reducir el consumo de productos de origen animal no es una postura radical ni ideológica sino una conclusión lógica basada en datos ambientales, sanitarios y éticos. Menos demanda implica menos producción, menos macrogranjas, menos presión sobre los ecosistemas y menos oportunidades para que surjan y se propaguen enfermedades víricas. En este sentido, el veganismo es la única propuesta coherente para un cambio real.

Adoptar una alimentación basada en plantas elimina de raíz la necesidad de criar y sacrificar animales para consumo y reduce drásticamente el riesgo de enfermedades asociadas a la ganadería. No se trata únicamente de evitar el sufrimiento animal, que ya sería motivo suficiente, sino de construir un modelo alimentario verdaderamente resiliente, justo y sostenible.

La peste porcina africana no es un pequeño obstáculo puntual ni una anomalía del sistema, sino un aviso claro de lo que está por venir si no se produce un cambio profundo en nuestra relación con los animales y con el modelo alimentario actual. La ciencia lleva años alertando de que la mayoría de las enfermedades emergentes tienen origen animal y están estrechamente ligadas a la explotación intensiva, el hacinamiento y la manipulación constante de otras especies; basta recordar epidemias zoonóticas como la gripe aviar, la gripe porcina H1N1, y a una escala global devastadora, la pandemia de coronavirus, cuyo origen está relacionado con sistemas de uso y comercio de animales profundamente alterados por la actividad humana.

El ser humano actúa como si fuera el dueño absoluto del planeta, explotando a los animales hasta el límite de lo posible, y las consecuencias se manifiestan en forma de crisis sanitarias recurrentes que nos recuerdan, de manera cada vez más contundente, que no estamos fuera de la naturaleza, sino profundamente interconectados con ella.

Autora: Noemí Alba, Activista por los derechos de los animales

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