La resistencia antimicrobiana (RAM) se ha convertido en uno de los problemas más alarmantes de nuestros tiempos; se trata de una de las mayores amenazas para la salud pública, puesto que pone en jaque los pilares mismos de la medicina moderna. Es una situación realmente complicada que arriesga nuestra capacidad de poder tratar infecciones comunes y realizar procedimientos que dependen, en gran medida, de los antibióticos, como son las cirugías, los trasplantes de órganos o los tratamientos de quimioterapia.

Antimicrobianos
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Su impacto potencial se puede comparar al de las grandes pandemias, y hay pronósticos que auguran millones de muertes anuales en las próximas décadas si no se actúa con eficacia. Se estima que ya son más de 1,2 millones de muertes al año directamente atribuibles a infecciones resistentes a los antimicrobianos, y solo en Europa esa cifra ronda los 35.000 fallecimientos cada año.

Pero la RAM no es un problema que se limite a las consultas médicas; se trata de una cuestión compleja que vincula la salud humana, la sanidad animal, las prácticas agrícolas y el equilibrio de los ecosistemas. Esta perspectiva integral es la que defiende la filosofía One Health («Una sola salud»), que parte de la base de que la salud de todos los seres vivos está interconectada y, por lo tanto, las soluciones deben abordarse de manera conjunta e interseccional. En este escenario, la ganadería intensiva se ha convertido en un factor clave en la propagación de bacterias resistentes, por lo que es imprescindible abordar este aspecto si se pretende mitigar la crisis que se aproxima.

La ganadería intensiva se ha convertido en un factor clave en la propagación de bacterias resistentes

La resistencia antimicrobiana es la capacidad que desarrollan microorganismos como bacterias, virus, hongos o parásitos para mantenerse inmunes a los efectos de los medicamentos diseñados para eliminarlos o inhibirlos, es decir, los antibióticos. Esto ocurre gracias a mecanismos como mutaciones genéticas y transferencia de genes, que permiten a esos patógenos adaptarse y evolucionar para resistir, de forma que los fármacos que antes eran efectivos, ahora son cada vez más inútiles.

Las causas son múltiples, pero en esencia podemos destacar dos: el uso excesivo y erróneo de antimicrobianos en la medicina humana y el uso desmedido de estos mismos fármacos en el ámbito de la ganadería y la agricultura. La ganadería intensiva es una de las grandes impulsoras de la resistencia a los antibióticos. El uso de estos fármacos en animales se lleva a cabo principalmente con tres propósitos: el terapéutico, para tratar individuos enfermos; el profiláctico, para administrarlo a todo un grupo de animales y prevenir la aparición de una enfermedad, y, aunque prohibido en muchos países como los de la Unión Europea, durante décadas se utilizó de forma sistemática como estimulador del crecimiento, una práctica que aún persiste en ciertas regiones del mundo.

Se calcula que en Estados Unidos más del 70% de los antibióticos producidos se destinan al ganado, y en la Unión Europea se reportan cifras similares. A nivel global, ya en 2017 se vendieron más de 93.000 toneladas de antibióticos para uso animal, y se estima que esa cifra crecerá aún más en las próximas décadas, con cálculos que apuntan a un aumento del 30% para 2040 si no se adoptan cambios urgentes. Estas cifras astronómicas no responden a una mera casualidad, sino que son la consecuencia de un modelo de producción profundamente defectuoso. Las condiciones de hacinamiento, estrés y falta de higiene propias de muchas granjas industriales crean un ambiente donde el riesgo de brotes epidemiológicos es enorme. Por lo tanto, los antibióticos se convierten en una herramienta fundamental, no tanto para el bienestar animal, sino para mantener el beneficio económico de un sistema que da prioridad a la producción masiva sobre cualquier consideración ética.

Se calcula que en Estados Unidos más del 70% de los antibióticos producidos se destinan al ganado

Este escenario también favorece la acumulación de residuos y bacterias resistentes en suelos, aguas residuales y ambientes cercanos a las explotaciones que pueden llegar a los seres humanos por diferentes vías, como puede ser consumiendo carne contaminada con restos o cepas resistentes, por exposición ambiental a agua o suelos contaminados, e incluso por contacto directo entre trabajadores de granja y veterinarios.

Para colmo, las bacterias tienen la capacidad de intercambiar genes de resistencia entre sí incluso entre especies distintas mediante transferencia horizontal, es decir, pueden «absorber» trozos de ADN que hay flotando en el ambiente e incorporarlos a su propio genoma, lo que multiplica considerablemente su capacidad de supervivencia en cualquier entorno u organismo. Esto facilita que surjan nuevas resistencias, dando lugar a lo que se conoce como «súperbacterias», y también puede acelerar la propagación de epidemias. Como vemos, la situación es realmente seria y preocupante.

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La ganadería intensiva no surgió por casualidad. En realidad, es la respuesta directa de la industria a una demanda que no para de crecer. Cuando millones de personas empezaron a poder incluir más carne, lácteos y huevos en su día a día, el mercado se tuvo que adaptar para ofrecer todos estos productos de forma masiva y barata.

En Europa, una persona consume de media unos 63 kilos de carne al año. De hecho, en 2024, esa cifra subió a casi 66 kilos en la UE. España está entre los países que más consume, con unos 85 kilos por persona. Pero si miramos a América del Norte, la cifra es aún más alta: unos 95 kilos anuales por cabeza. En Asia el consumo es menor (unos 35 kilos de media), aunque en países como China ya está en unos 63 kilos y se prevé que pueda superar los 90 hacia 2030. Tanta demanda crea un círculo vicioso, porque para satisfacerla, la producción tiene que aumentar, y la forma de lograrlo es intensificando la ganadería. Las granjas se hacen más grandes y concentradas para abaratar costes, pero esto también multiplica los riesgos sanitarios, los impactos ambientales y los dilemas éticos.

La opción más directa y poderosa que tenemos como individuos para proteger nuestra salud y ejercer presión sobre el sistema es a través de nuestros actos de consumo

La realidad es que, si no fuera porque millones de personas eligen consumir productos de origen animal, estas macrogranjas no existirían tal y como las conocemos. La industria intensiva funciona como una maquinaria enorme que reacciona al mercado, pero esa maquinaria la movemos nosotros, con cada decisión de compra que hacemos y que mantiene viva una oferta que, al fin y al cabo, satisface lo que nosotros mismos demandamos.

La RAM es solo una de las muchas consecuencias de esta demanda masiva, pero es quizá la que más directamente afecta a la salud humana. ¿Qué podemos hacer para atajar el problema? La respuesta debería ser integral, pero sabemos que la industria ganadera no adoptará voluntariamente medidas que reduzcan sus beneficios. Mejorar las condiciones de vida de los animales, evitar el hacinamiento y respetar sus ciclos naturales implica invertir más y producir menos, algo que choca frontalmente con el modelo de negocio actual. Por ello, mientras los gobiernos y las instituciones internacionales plantean soluciones con lentitud burocrática, la opción más directa y poderosa que tenemos como individuos para proteger nuestra salud y ejercer presión sobre el sistema es a través de nuestros actos de consumo.

Si disminuye la demanda de productos de origen animal, se reduce la producción y, por tanto, la necesidad de un uso masivo de antibióticos. Esta decisión personal, multiplicada por miles o millones de personas, se convertiría en la forma más efectiva de retirar nuestro apoyo a un sistema que está destruyendo de forma implacable uno de los pilares más importantes de la medicina moderna y de nuestra salud colectiva. No esperemos a que los gobiernos o las empresas actúen. Nuestra salud está demasiado en juego como para quedarnos de brazos cruzados.

Autora: Noemí Alba, Activista por los derechos de los animales

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