El veganismo rechaza todas las formas de explotación y crueldad hacia los animales. Y son, sin duda, las industria cárnica y láctea las que más dolor les infligen. Empecemos por el final. La industria ganadera mata: cerca de 66 millones de animales -entre cerdos, cabras, vacas, ovejas, caballos, aves y conejos- murieron para convertirse en comida solo durante 2023 en España, según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. La muerte es para los indefensos animales la última fase de una vida trágica.

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Los animales son para la industria cárnica y láctea meros objetos a los que explotar para ganar beneficios económicos. Para ello, los ganaderos buscan criar y matar a cada vez más seres vivos con un menor coste y emplean una serie de estrategias para conseguirlo. La primera es hacinar a los animales en espacios reducidos en los que no se pueden mover de forma natural.

Más de la mitad de la producción europea de huevos proviene de gallinas encerradas en pequeñas jaulas -pueden estar en ‘batería’, es decir, unas encima de las otras-. Los animales no tocan el suelo ni ven la luz del sol y viven en un área inferior a la de un papel Din A4. Otro ejemplo de esta práctica son las cerdas llamadas por la industria parideras o reproductoras que pasan gran parte de sus vidas en estrechas jaulas de metal.

No sólo malviven en diminutos espacios, sino que además a las hembras de cada especie se las insemina artificialmente una y otra vez para después arrancarles a sus crías. Esto es algo que conoce muy bien la industria láctea que ha vendido la patraña de las vacas lecheras que ríen. Las vacas lecheras no existen. Las vacas lecheras son mamíferos -como nosotros- a las que se insemina continuamente. Al parir, estas vacas producen leche -como las mujeres- para alimentar a sus crías. El ser humano separa a la cría de la madre dentro de las primeras 36 horas de vida para evitar que beba su leche y meterla, así, en tetrabriks. Las madres pasarán a ser ordeñadas por máquinas conectadas a sus ubres.

No sólo se convierten en comida, hay crías consideradas «subproductos» que van directamente a la basura

Al resto de especies también les arrebatan a sus hijos a las pocas horas o días de nacer para convertirlos en carne para los humanos. Los lechones no sobrepasan los 21 días de vida -precisamente tienen ese nombre porque todavía tienen la necesidad de alimentarse a base de leche de sus madres-. A los corderos lechales también los matan antes de ser destetados, normalmente con 30 o 40 días. Y lo mismo pasa con los cabritos y los terneros. De todos ellos, se destaca su carne tierna y delicada como la de cualquier bebé.

No sólo se convierten en comida, hay crías consideradas «subproductos» que van directamente a la basura. Es el caso de los pollitos machos que como no ponen huevos son gaseados, aplastados o triturados durante sus primeras 24 horas de vida. También son eliminados los animales que, por cualquier razón, no cumplen con los requisitos de producción.

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En la cruel búsqueda de la máxima productividad y rentabilidad, el sector ganadero también selecciona genéticamente a las especies de animales con características deseadas: mayor crecimiento, mayor producción y/o mayor resistencia a enfermedades. Por ejemplo, el pollo broiler es el resultado de una selección humana enfocada a conseguir un pollo con un crecimiento acelerado y unas pechugas y muslos -las partes más comercializadas- más grandes. Como consecuencia de este rápido crecimiento, los animales tienen problemas de salud como enfermedades cardíacas, problemas en las patas y síndrome de ascitis.

También hay animales modificados genéticamente destinados el consumo humano, si bien su comercialización varía según los países. El primero fue el salmón AquAdvantage, que crece más rápido que los salmones normales, y está aprobado en Estados Unidos y Canadá. También en Estados Unidos han aprobado los cerdos GalSafe, creados para no producir una molécula llamada alfa-gal que causa alergia a algunas personas.

Por el momento, no se comercializan en la Unión Europea animales modificados genéticamente, si bien la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA, por sus siglas en inglés) ya ha elaborado y publicado una serie de guías al respecto. «Los avances científicos apuntan a que, en un futuro, podrían presentarse solicitudes referidas a una serie de especies de animales modificados genéticamente», afirman.

Los ganaderos buscan criar y matar a cada vez más seres vivos con un menor coste y emplean una serie de estrategias para conseguirlo

Asimismo, los animales que se destinan al consumo humano llevan años recibiendo grandes cantidades de medicamentos antiinfecciosos para tratar enfermedades y evitarlas -causadas en muchos casos por sus condiciones de vida-, y para que crezcan más rápido. Es en las granjas industriales donde crecen las superbacterias, bacterias que han desarrollado resistencia a múltiples antibióticos y, por ende, son difíciles de tratar. Estas llegan a los humanos a través del consumo directo de la carne y mediante el estiércol -en el que quedan parte de las medicinas no absorbidas por los animales- que se distribuye en forma de fertilizante o se filtra a los acuíferos.

Otras de las prácticas denunciables de la industria cárnica y láctea son las mutilaciones sin anestesia como el corte de picos (en aves), el desmochado (en terneros, para eliminar el tejido que dará lugar a los cuernos), el raboteo (la amputación de parte de las colas), el clavado de anillos nasales, la castración y el corte de alas en las aves.

Todo esto pasa en las granjas. ¿Pero y de las granjas a las mesas? Los animales salen de las explotaciones agrícolas para entrar en camiones, buques y trenes en los que, durante horas, días e incluso semanas viajarán apelotonados en pésimas condiciones.

Su destino final dependerá del país al que lleguen, de sus leyes y de sus tradiciones. En España llegarán a los mataderos, infraestructuras diseñadas para matar a gran escala lo más rápido posible ubicadas a las afueras de los grandes centros urbanos. Allí, uno tras otro será aturdido por corriente eléctrica aplicada en la cabeza o baños de agua electrificada; por pistola de perno cautivo o por gas -dióxido de carbono u otros gases inertes-. Después del aturdimiento, que no siempre se lleva a cabo con éxito, se degüella al animal, cortando las arterias carótidas y las venas yugulares o los vasos sanguíneos de los que surgen para que se desangren. Además, se cortan también tráquea, esófago y el paquete nervioso.

Los animales son para la industria cárnica y láctea meros objetos a los que explotar para ganar beneficios económicos

Muchos de ellos mueren sin ni siquiera haber sido aturdidos previamente porque a pesar de que la normativa de la Unión Europea exige que los animales deben ser aturdidos para evitarles dolor y sufrimiento innecesarios, en algunos países miembros, como España, se permite hacerlo sin, por motivos religiosos.

Por último, cabe mencionar el gran impacto medioambiental de la industria ganadera por sus emisiones de gases de efecto invernadero; la deforestación y el cambio de uso del suelo; la pérdida de biodiversidad; la contaminación del aire, el suelo y el agua y el uso intensivo de recursos naturales. En esta línea, según datos de Naciones Unidas, la ganadería consume agua en una cantidad de cinco a 10 veces mayor que el cultivo de plantas: se requieren 1.500 litros de agua para generar un kilo de granos y diez veces esa cantidad, 15.000 litros, para producir un kilo de ternera; y, al mismo tiempo, ocupa más de la mitad de las tierras cultivables del planeta. No parece ser un negocio redondo para el futuro del planeta.

Autora: Cristina Fernández, Periodista

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