Desde tiempos inmemoriales, los animales han sido compañeros silenciosos y forzados en las guerras humanas. «El hombre ha hecho de la Tierra un infierno para los animales», dijo Schopenhauer. Una sombría afirmación que se confirma vergonzosamente una vez más cuando revisamos el papel que los animales han desempeñado en la historia bélica de la humanidad.

Desde que los humanos comenzaron a domesticar animales, estos comenzaron a utilizarse tanto para el transporte y el trabajo, como para el combate. Uno de los primeros registros históricos de animales en la guerra proviene del siglo IV a.C., cuando los elefantes tuvieron un gran protagonismo en algunas grandes e importantes batallas. Estos colosos fueron utilizados por el Imperio Persa y otras civilizaciones para infundir terror en sus enemigos. Alejandro Magno se enfrentó a estos grandes animales en la famosa Batalla de Gaugamela en el 331 a.C. Aquí, los elefantes fueron utilizados por los persas con la esperanza de que su enorme tamaño y su fuerza desbarataran las filas macedonias. Aunque finalmente Alejandro salió victorioso, el uso de elefantes como arma de guerra marcó un precedente en la historia militar. En respuesta a su uso, los ejércitos comenzaron a buscar formas de contrarrestar su poder. Así nacieron tácticas retorcidas como el uso de cerdos salvajes. Estos animales se empapaban en aceite, se les prendía fuego y se lanzaban hacia las líneas enemigas. Los elefantes, asustados por el fuego y los chillidos desesperados de los cerdos, entraban en pánico y causaban todo tipo de estragos en el campo de batalla.
Los caballos, quizás más que cualquier otro animal, han sido explotados sistemáticamente en la guerra. Desde los carros de combate de las antiguas civilizaciones hasta las caballerías medievales que hemos visto representadas en tantas películas. También estuvieron presentes en la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Los caballos han sido forzados a marchar, cargar y morir en nombre de los conflictos humanos en todas las partes del mundo y a lo largo de muchos siglos. Se estima que más de 100 millones de caballos han muerto, de formas terribles, en las múltiples guerras que definen nuestra historia.
En cada guerra, el impacto en la fauna local y en los animales domésticos es enorme
Las palomas mensajeras también desempeñaron un papel importante en la comunicación durante la Primera Guerra Mundial. Estas aves estaban entrenadas para regresar a su palomar de origen, y se utilizaban para enviar mensajes a través de líneas enemigas cuando otros medios de comunicación eran imposibles o peligrosos. Una paloma en particular, llamada GI Joe, se hizo célebre por salvar a mil soldados aliados al entregar un mensaje que evitó un bombardeo inminente. Estas aves se convirtieron en una amenaza para las líneas enemigas, así que a menudo eran exterminadas, como hicieron los alemanes cuando llegaron a la Unión Soviética en 1941.
Por supuesto, los perros también han sido reclutados en los ejércitos, sirviendo para todo tipo de tareas. Han sido centinelas, mensajeros y hasta detectores de minas y bombas en misiones absolutamente kamikazes. Durante la Segunda Guerra Mundial, algunas fuerzas militares usaban a los perros como armas contra los tanques enemigos. Los canes eran entrenados desde cachorros para asociar el ruido de los motores de los tanques con la comida, de forma que se acostumbraban a correr hacia los carros de combate para recibir alimento. Cuando llegaba el momento de la batalla se les equipaba con explosivos amarrados al lomo con un detonador activado por contacto. La idea era que el perro se metiera debajo del tanque, donde eran detonados para causar daños en el vehículo. Sin embargo, era un método que no siempre funcionaba, ya que a veces los perros se asustaban y regresaban a sus propias líneas.
Los animales marinos tampoco se han podido librar de participar en nuestras guerras. La marina estadounidense ha entrenado delfines para detectar minas submarinas y proteger a los buceadores de posibles explosiones inesperadas. Estos inteligentes mamíferos cuentan con un sofisticado sistema de orientación mediante ondas de sonido, llamado ecolocación, gracias al cual son capaces de identificar objetos sumergidos que suelen pasar desapercibidos para los humanos. Estos programas han sido criticados por mantener a los delfines en pésimas condiciones y adiestrarlos con métodos más que cuestionables.
Otros animales han sido utilizados de maneras aún más insólitas. Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos desarrolló un proyecto llamado «Bat Bomb Project» para usar murciélagos como armas incendiarias. El plan se le ocurrió a un dentista llamado Lytle S. Adams, y consistía en equipar a los murciélagos con pequeñas bombas incendiarias. Estos murciélagos serían liberados desde aviones sobre ciudades japonesas al amanecer, para que buscasen refugio en edificios, que en su mayoría eran de madera y papel. Una vez que los murciélagos se escondieran, las bombas se activarían, causando incendios generalizados. Se hicieron algunas pruebas con bastante éxito, pero el proyecto se canceló en 1944 para centrarse en la creación de un arma mucho más efectiva: la bomba atómica.

Los camellos y dromedarios también cargan con una historia llena de sufrimiento y maltrato. Su resistencia al calor y su capacidad para soportar largos periodos sin agua los hacían ideales para el transporte y la batalla. En el antiguo Oriente Medio y el norte de África, estos animales estaban presentes en todas las campañas militares. Los dromedarios, con su única joroba y mayor velocidad, eran muy valorados para la guerra, ya que podían cubrir grandes distancias muy rápidamente, y esto permitía a los ejércitos llevar a cabo ataques sorpresa. Por otro lado, los camellos bactrianos, con sus dos jorobas, se usaban en regiones más frías y montañosas de Asia Central, donde se apreciaba más su fuerza para llevar cargas pesadas que su velocidad. En la antigüedad, los ejércitos persas, árabes y otros pueblos nómadas usaban a estos animales para espantar a los caballos de las fuerzas enemigas. Los guerreros a menudo los usaban también como escudo y se escondían detrás de ellos para atacar con lanzas o flechas.
Los gatos también han participado en muchas guerras, aunque su uso ha sido más indirecto que el de otros animales. Los barcos de guerra, por ejemplo, solían llevar gatos a bordo para proteger la comida almacenada y evitar daños causados por ratones y ratas. En la Primera y Segunda Guerra Mundial, muchos gatos vivían en las trincheras porque ofrecían cierto consuelo a los soldados en medio de la brutalidad de la guerra. También se ha documentado el uso de gatos en espionaje, aunque de manera muy limitada. Un ejemplo es el proyecto de la CIA durante la Guerra Fría, denominado «Acoustic Kitty». La idea era implantar dispositivos de escucha en gatos para espiar a diplomáticos soviéticos, aprovechando la capacidad de los gatos para moverse sin ser detectados. Afortunadamente, este proyecto no tuvo éxito y fue abandonado rápidamente.
Nuestra especie, en su interminable búsqueda de poder y dominación, es capaz de infringir las mayores atrocidades imaginables
Incluso los osos han tenido su lugar en la guerra. Uno de los más famosos fue Wojtek, un gran oso adiestrado por el ejército polaco durante la Segunda Guerra Mundial. Wojtek fue adoptado en Irán en 1942 cuando era un cachorro y se crió con los soldados, que lo convirtieron en una especie de mascota. Ya adulto, lo llevaron a Italia a la Batalla de Monte Cassino. En plena batalla fue obligado a transportar municiones pesadas y llevar cajas de proyectiles de artillería a los soldados. Como reconocimiento le ascendieron a cabo. Murió en el zoológico de Edimburgo.
Más allá del campo de batalla, los animales también han sido utilizados en la investigación y el desarrollo de tecnología militar. En los laboratorios, innumerables especies han sido sometidas a horrorosos experimentos para probar nuevos armamentos, investigar los efectos de las armas químicas y biológicas, y desarrollar equipos de protección. Expuestos a pruebas con radiación, explosivos y sustancias tóxicas, simplemente para comprobar cómo estas agresiones podrían dañar a un ser humano. Por último, también son víctimas colaterales de los conflictos humanos. En cada guerra, el impacto en la fauna local y en los animales domésticos es enorme. El ruido de las explosiones, la destrucción de los hábitats, la escasez de alimentos y el desplazamiento forzoso causan un sufrimiento incalculable entre los animales. Sin embargo, su dolor raramente se menciona, y las muertes de estos seres suelen pasar inadvertidas, sin ser contabilizadas ni recordadas.
¿Es el ser humano violento por naturaleza? Sea cual sea la respuesta, la realidad es que nuestra especie, en su interminable búsqueda de poder y dominación, es capaz de infringir las mayores atrocidades imaginables. El hombre ha hecho de la Tierra un infierno también para sí mismo.
Autora: Noemí Alba, Activista por los derechos de los animales
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