En los últimos años el tema del respeto a los derechos de los animales ha ido ocupando cada vez más espacio en el debate público. Gracias a esto, muchas personas se han planteado cuestiones a las que nunca antes se habían enfrentado.

Un mayor acceso a la información en forma de ensayos, charlas, documentales o investigaciones, ha logrado que la sociedad tenga una mayor conciencia del maltrato que sufren los animales en la industria alimenticia, desde su cría, durante el transporte y por supuesto, en el momento de morir. Todo con el objetivo de que los humanos podamos disponer, en las estanterías de los supermercados, de productos como carne, pescado, leche o huevos. Este despertar de la empatía hacia otras especies se ha reflejado en el incremento de la oferta de productos veganos en las grandes superficies, así como de restaurantes y opciones adaptadas en los menús de muchos locales.
También se ha registrado un descenso del consumo de productos de origen animal, de ahí que muchas marcas hayan ampliado su catálogo para abarcar a este nuevo y creciente sector de población. Aun así, España sigue siendo uno de los países de la UE que más carne consume. Entonces surge la pregunta, ¿es compatible respetar a los animales con consumirlos? ¿Se puede ser animalista sin ser vegano? La respuesta depende de a quién se formule la pregunta. Asociaciones como AVATMA, por ejemplo, aglutinan a centenares de veterinarios sensibilizados contra el sufrimiento animal, sin embargo, no todos son veganos. Por otro lado, se encuentran los santuarios de animales, que esgrimen el veganismo como una forma de vida, que va más allá de una forma de alimentarse. Entienden que el veganismo es la máxima expresión de respeto, hacia todos los animales, silvestres y domésticos; hacia la naturaleza en general y hacia el resto de humanos.
Explotar a los animales de manera no cruel, no se puede considerar ético, ni mucho menos respetuoso
Ciertamente hay muchas personas que entienden que la industria ganadera vulnera gravemente los derechos de los animales provocando un enorme sufrimiento. Desearían que esto dejase de ocurrir, pero al mismo tiempo permanecen atrapados en la contradicción de no dejar de consumir productos de origen animal. Por diferentes motivos, no quieren dar el paso al veganismo, y a veces ni tan siquiera al vegetarianismo. ¿Cómo se justifica esta incoherencia? La disonancia cognitiva es un mecanismo psicológico que lleva a los humanos a necesitar que haya armonía y coherencia entre los pensamientos, las creencias y los comportamientos. Cuando esto no es así, se producen sentimientos de tensión e intranquilidad, que se intentan aliviar de diferentes maneras.
En este caso se tiende a recurrir a argumentos tan dispares como peregrinos. Por ejemplo, que el consumo de carne es indispensable para el ser humano por sus propias características fisiológicas, algo que, por cierto, han desmentido ya organismos como la OMS o la FAO, y otras importantes agrupaciones expertas en nutrición y salud humana.

También hay quien se acoge al falso consuelo de que existen leyes que supuestamente velarían por el cumplimiento de unas normas de bienestar animal durante su cría. O leyes que establecen que el sacrificio de los animales para el consumo humano se debe realizar asegurando que no sufran en el momento de morir. Pero, ¿de verdad existe una forma respetuosa de arrebatarle a alguien la vida?
Por otro lado, el veganismo está ligado al concepto de antiespecismo, que es una postura ética y política que surge como respuesta a la opresión que sufren las demás especies animales. Aboga por brindar respeto y consideración a todas las especies por igual, rompiendo con el sistema de dominación en el que el ser humano dispone, controla y explota a todas las demás especies para su propio uso.
Desde un punto de vista antiespecista, resulta incongruente declararse animalista y consumir animales. Si una persona que come animales se autodenomina animalista, también podría hacerlo una persona que mata animales por diversión, como un torero o un cazador.
Explotar a los animales de manera no cruel, no se puede considerar ético, ni mucho menos respetuoso
El problema del animalismo es que no cuestiona el hecho de que los animales sean utilizados para fines humanos, solamente la forma en la que se les explota. Ante la inquietud de la sociedad por el bienestar animal, la industria se ha servido de esa disonancia cognitiva de la que hablábamos antes para ofrecer a la población el bálsamo que necesita para acallar la conciencia. Se trata de los sellos y los certificados que, en teoría, avalan el ‘bienestar’ de los animales explotados y que, convenientemente, aportan una sensación de confort moral a las personas que en algún momento han sentido cierta incomodidad ante su plato. Podría decirse entonces que el animalismo no se opone al uso de animales, sino que lo apoya de forma activa.
¿En qué consiste respetar a los animales? Quizá esté ahí el quid de la cuestión, ya que no hay consenso sobre este aspecto. Si lo hubiese, explotar animales habría pasado a ser ilegal. Los derechos humanos, se declararon universalmente en 1948, y están redactados y perfectamente definidos. Esto no ocurre con los derechos de los animales, ya que no existe ningún documento donde se encuentren descritos. Así pues, cada asociación, organización o persona tiene su propio criterio. Algunas personas sostienen que los animales deben tener derecho a una vida y una muerte dignas.

Otros, van más allá y reclaman que todos los animales tienen derecho a que se respete sus vidas en general, sin admitir ningún tipo de muerte, por muy indolora que esta sea. El punto medio animalista, se agarra a la convicción de que es más ético consumir productos como leche, huevos o carne, cuando provienen de granjas ‘felices’, o ecológicas o certificadas. Como si existiese algo así como una ‘explotación compasiva’. Por no hablar de las investigaciones realizadas con cámara oculta en este tipo de centros que han desvelado verdaderos horrores.
Desde un punto de vista antiespecista, resulta incongruente declararse animalista y consumir animales
Explotar a los animales de manera no cruel, no se puede considerar ético, ni mucho menos respetuoso. El uso de animales para cualquier fin, implica la manipulación, la agresión y la destrucción de los individuos. Si acaso es un acto de indulgencia desde la superioridad moral, que carece de verdadera empatía. Además de ser injusto e innecesario. El animalismo sin veganismo, no es antiespecista, ya que acepta y promueve la cría, la privación de libertad, la explotación y el sacrificio de las demás especies animales.
También hay un sector de la población que se identifica como animalista porque se ha sensibilizado con el sufrimiento animal, pero centrándose solo en especies domésticas. La consideración y la empatía se limita a los perros, los gatos y alguna especie más, simplemente porque ha tenido contacto con ellos, ha convivido con alguno y se ha concienciado con sus diferentes problemáticas. Pero por otro lado ignora (en muchos casos voluntariamente) el maltrato diario y a gran escala de millones de individuos de todas las especies.
Cada persona tiene sus propias circunstancias, sus tiempos y sus motivaciones. Pero una cosa está clara: contamos con toda la información a nuestro alcance y tenemos todas las facilidades para dejar de formar parte de una industria de explotación y maltrato. Para respetar a los animales, hay que empezar por dejar de comérselos.
Autora: Noemí Alba, Activista por los derechos de los animales
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