Vivimos un momento histórico en el que las crisis sanitarias, el colapso del medioambiente y aparición de epidemias, ponen en evidencia, ante nuestros atónitos ojos, lo frágil que es el equilibrio entre nuestra salud, la de los animales y la del planeta. En ese contexto nace la filosofía One Health, una propuesta colaborativa que reconoce que la salud humana, animal y ambiental están interconectadas y requieren acciones conjuntas. Bajo esta idea, el veganismo se convierte en la mejor herramienta para aplicar sus principios, pues ataca de raíz y de forma coordinada las tres dimensiones del problema.

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Aunque la idea de que la salud humana, animal y ambiental están conectadas entre sí es muy antigua, el término ‘One Health’ o ‘Una sola salud’ es relativamente moderno. La semilla se plantó en el siglo XIX cuando el médico alemán Rudolf Virchow observó que existían vínculos entre las enfermedades de las personas y los animales, y acuñó la palabra “zoonosis”. Pero el concepto realmente empezó a tomar forma en la década de 1960 de la mano de un veterinario, Calvin Schwabe, quien propuso la idea de “Una sola medicina”, defendiendo que médicos y veterinarios deberían trabajar codo con codo para combatir las enfermedades que nos afectan a todos.

Pero el gran impulso de este concepto llegó en el siglo XXI. En 2004, una importante conferencia en Nueva York sentó las bases con los “Principios de Manhattan”, que subrayaban la importancia de esta interconexión. Este proceso culminó en 2008 con la unión de los tres grandes organismos internacionales de salud: la OMS para las personas, la OIE para los animales y la FAO para la alimentación y agricultura. Juntos, sentaron las bases para una alianza estratégica. Fue en ese momento cuando la visión de “Una sola salud” se consolidó oficialmente como la propuesta que conocemos hoy para hacer frente a las enfermedades que surgen en la frontera entre los humanos, los animales y el medio ambiente.

El veganismo no se limita a lo individual, porque es también una poderosa herramienta de justicia colectiva

Es un hecho innegable que nuestra salud está íntimamente interconectada con el trato que le damos a los animales y la forma en la que gestionamos el entorno. La destrucción de los ecosistemas y la convivencia forzada entre especies que antes no interactuaban aumentan el riesgo de que surjan enfermedades zoonóticas, como ha ocurrido ya con la gripe aviar o la COVID-19. A todo esto hay que sumarle el uso masivo de antibióticos en la ganadería industrial, que se usa para prevenir infecciones en condiciones de hacinamiento. Algo que está provocando que las bacterias desarrollen resistencias y que estos medicamentos pierdan eficacia cuando son necesarios para tratar enfermedades humanas.

Tratar bien a los animales no es solo una cuestión de compasión, es una necesidad para proteger a la humanidad. Mejores condiciones animales significan menos enfermedades y alimentos más seguros para todos. Pero, por el contrario, las granjas intensivas, con su modelo de hacinamiento en espacios reducidos, se han convertido en incubadoras perfectas para virus y bacterias. Además, este sistema productivo provoca un coste ambiental insostenible, que está acelerando la deforestación, la contaminación de suelos y acuíferos, y que ya ha provocado una alarmante pérdida de biodiversidad que perjudica por igual a humanos, animales y ecosistemas.

Desde el punto de vista de la salud humana, múltiples estudios han demostrado que una alimentación basada en plantas reduce de manera considerable el riesgo de desarrollar enfermedades crónicas. No es un detalle menor si consideramos que, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de muerte en el mundo, cobrándose aproximadamente 17.9 millones de vidas al año. A esto hay que añadir los cerca de 2 millones de fallecimientos anuales relacionados directamente a dietas ricas en grasas saturadas y carnes procesadas. En cambio, sustituir proteínas animales por alternativas vegetales se asocia con una menor mortalidad, y con una reducción en la incidencia de cardiopatías, accidentes cerebrovasculares y diabetes tipo 2.

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Pero el veganismo no se limita a lo individual, porque es también una poderosa herramienta de justicia colectiva. La ganadería industrial utiliza enormes cantidades de tierra, agua y cultivos que podrían destinarse directamente al consumo humano. Por lo tanto, optar por una alimentación vegetal permite un reparto más eficiente y equitativo de los recursos, ya que favorece la seguridad alimentaria mundial y contribuye a reducir las desigualdades entre países y comunidades. Por supuesto, su impacto positivo sobre el planeta también es indiscutible. La ganadería es responsable de aproximadamente el 14,5% de las emisiones de gases de efecto invernadero, en especial metano y óxido nitroso, además de ser una de las actividades que más agua consume y más contamina los suelos y los ríos. Frente a este modelo, la alimentación vegana y vegetariana es la opción más sostenible para reducir la presión sobre los recursos naturales y ayudar a preservar los ecosistemas para las generaciones futuras.

El cambio auténtico y duradero nace desde abajo, de la suma de millones de decisiones conscientes

Desde el punto de vista puramente ético, el veganismo promueve una relación con los animales basada en la compasión y el respeto, ya que rechaza su explotación como mercancías. Una sociedad que cultiva la empatía y se muestra intolerante ante el sufrimiento animal no solo evita el padecimiento de millones de seres sintientes, sino que demuestra un elevado grado de evolución moral e inteligencia emocional. Es una postura que refleja una auténtica madurez colectiva, donde la solidaridad se extiende más allá de las fronteras de nuestra propia especie para reconocer el valor inherente de toda forma de vida. La ética no es uno de los campos de acción de la propuesta One Health pero, sin duda, es un aspecto importante para sentar las bases de un mundo más justo y compasivo para todos los habitantes del planeta.

Es llamativo cómo, a pesar de saber que lo que comemos afecta directamente al planeta, a los animales y a nuestra propia salud, mucha gente sigue resistiéndose a considerar el veganismo, incluso cuando el futuro de todos pende de un hilo.

¿Por qué ocurre esto?

No es por falta de información, sino porque cambiar de hábitos, especialmente con algo tan personal como la comida, nos genera un conflicto interno enorme. Nos cuesta mucho romper con las tradiciones, con lo que hemos hecho siempre, y con esa comodidad de seguir lo que hace todo nuestro entorno. Reconocer que nuestras acciones cotidianas están contribuyendo al problema produce tal malestar, que preferimos ignorar los datos antes que enfrentarnos a la molestia de cambiar. Es una reacción comprensible, pero no por ello deja de ser egoísta, pues se está priorizando el propio bienestar inmediato por encima del bienestar colectivo y del mundo que dejaremos a nuestros hijos.

Sin embargo, es hora de dejar de engañarnos y de buscar chivos expiatorios fáciles. Señalar con el dedo a los gobiernos o a las grandes industrias, aunque tenga parte de razón, se ha convertido en una excusa cómoda que nos paraliza y nos exime de nuestra propia responsabilidad. La verdad incómoda es que nuestro poder más real e inmediato no está en las urnas cada cuatro años, sino en nuestro carro de la compra cada día. Cada producto que elegimos o que descartamos en el supermercado es un voto directo, una orden clara que moldea la industria, influye en la producción y, en definitiva, construye el mundo que queremos. El veganismo, lejos de ser solo una elección individual, representa una estrategia coherente con los valores de One Health, pues articula salud humana, bienestar animal y protección ambiental. Esperar a que las soluciones vengan siempre de arriba hacia abajo es un error; el cambio auténtico y duradero nace desde abajo, de la suma de millones de decisiones conscientes.

Autora: Noemí Alba, Activista por los derechos de los animales

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