Hay dos términos que muy a menudo, demasiado, se vinculan a ser vegano: ser sano (o healthy, en inglés queda más fashion) y adinerado. “Los veganos solo comen lechuga y fruta, por eso, están todos delgados”, “para ser vegana estás gordita, ¿no?”, “es imposible ser vegano si no se tiene un poder adquisitivo alto porque ser vegano es caro”… Son algunos ejemplos de ideas muy difundidas sobre el movimiento vegano en nuestra sociedad, consecuencia de una falta de información, en muchas ocasiones provocada por la industria alimentaria. Pero ¿qué hay de cierto en estas afirmaciones?

Ser vegano, de barrio y poco o nada 'healthy'

Decir que una persona vegana, por el simple hecho de serlo, ya es también sana y tiene dinero, es como mezclar churras con merinas. Por supuesto, hay veganos que solo comen comida saludable y hay veganos ricos, pero ni todos los veganos comen sano (al menos no siempre) ni todos son ricos. Porque puede ser vegana cualquier persona que concluya que explotar y/o matar a otros animales está mal y deje de contribuir a ello. Por tanto, nada impide, independientemente de los recursos económicos, salud y/o preferencias alimentarias, hacer esta conexión y actuar en consecuencia.

¿Cuántos veganos hay leyendo este artículo que añoran poder ir de tapas o al frankfurt de toda la vida a comerse un bocadillo de chistorra con mostaza? ¿O una hamburguesa tipo Big Mac con doble de pepinillo, o sin, pero bien de salsa? “Llevo un año y medio engordando veganos: ofrezco la comida del típico bar Manolo de toda la vida en versión vegana y va genial”, explica a Bueno y Vegano Lora, la propietaria del bar Ruta 42 situado en L’Hospitalet de Llobregat, la segunda ciudad de Cataluña en población después de Barcelona.

Hace cuatro años Lora abrió Ruta 42. Por aquel entonces ofrecía opciones con carne y veganas. “Me sabia mal que los veganos no tuvieran un sitio donde tapear y una persona vegana empezó a abrirme los ojos ante el veganismo y decidí veganizar el bar”. Lora se arriesgó y en un sitio tan hostil como el que está Ruta 42, una zona de paso, aislada y entre fábricas, veganizó totalmente el bar al mismo tiempo que dejaba de comer alimentos de origen animal. “Perdí muchísimos clientes y dinero al quitar la carne, pero gané muchísimos otros y sobre todo gané como persona”, recuerda.

“Cuanto más voy conociendo a los veganos más me voy concienciando sobre alternativas alimentarias. Y elaboro la carta escuchando las recomendaciones de los clientes”, dice Lora, a quien le encanta ver a la gente disfrutar comiendo. “Aquí se viene a comer”, añade. Y hay donde elegir: bocadillos de diferentes tipos de hamburguesas como la de Heura o la Beyond Burger, tapas “gordas” como la de patatas fritas con bacon y queso, pinchitos… Y de postre, tiramisú, donut o crema catalana, entre otros. También hay una ensalada en la carta. “La suelen pedir una vez al mes. Quiero poner una campana para tocarla cuando alguien la pida”, explica. En Ruta 42 puedes dejar salir al gordivegano o gordivegana que llevas dentro -si es que lo llevas- sin problemas. Porque, como decíamos, ser vegano no implica ser healthy.

Ser vegano, de barrio y poco o nada healthy

¿Cómo socializar el veganismo?

La mayoría de la clientela que acude al Ruta 42 es de fuera de L’Hospitalet. ¿Por qué a esta ciudad, situada al lado de Barcelona, urbe declarada por el Ayuntamiento en 2016 veg-friendly y que cuenta con una amplia oferta vegana, no ha llegado el veganismo con tanta fuerza (y eso que albergó la segunda edición de la feria VeggieWorld)? ¿Por qué no cala el discurso vegano fuera de las grandes ciudades?

El perfil mayoritario de un ‘vegano’ suele ser el de una mujer de 20 a 35 años, urbanita, con estudios y de las nuevas clases medias, según el informe The Green Revolution, entendiendo la revolución veggie, elaborado por la consultora de innovación Lantern. Fuera de las grandes ciudades, los bares de toda la vida con sus tapas y bocadillos de jamón están muy arraigados y, cuesta más introducir cambios. Además, el veganismo suele ser visto como una moda para personas con un nivel adquisitivo medio-alto, los llamados pijoprogres, o también a cuatro locos. La falta de información y la estigmatización del colectivo está detrás de esta idea difundida entre la mayor parte de la sociedad, si bien cada vez son más personas las que se cuestionan nuestra relación con el resto de los animales.

Y he aquí otro argumento común contra el veganismo que se utiliza tanto individualmente como contra todo el movimiento vegano: “La gente con menos recursos económicos no puede ser vegana porque ser vegano es intrínsicamente caro”. Dejando claro que nadie es quien para decir a nadie que debe o no comer, una dieta vegana no tiene por qué ser más cara que una omnívora. De la misma forma que se puede ser pobre y no sexista, se puede ser pobre y no especista y volverse vegano.

Para empezar, la base de una dieta vegana no es más cara que la de una omnívora: arroz, pasta, legumbres, verduras, fruta… Es, en resumidas cuentas, volver a la dieta de nuestros antepasados. A partir de aquí puedes añadir de manera esporádica otro tipo de productos veganos. Y sí, es cierto que algunos de ellos son más caros que ciertos productos de origen animal porque los comercializan empresas más pequeñas, tienen menos demanda y no reciben subvenciones como el sector pecuario que recibe financiación directa e indirecta, tanto por parte del Estado español como de la Unión Europea. Además de estas subvenciones, en el precio final que paga el consumidor tampoco se tiene en cuenta el impacto medioambiental de la producción de carne, que se paga mediante impuestos entre todos, independientemente de la dieta que se siga.

Para socializar el discurso vegano hay que informar de manera humilde y sin prejuicios a todas las capas de la población y abaratar los productos veganos

En nuestro país, los productos veganos entran cada vez en más casas gracias en parte a la apuesta de grandes cadenas de supermercados que han visto la posibilidad de negocio en un sector creciente. Pero, a la vez que llegan a más ciudadanos, desvirtúan el mensaje vegano. Porque el veganismo es algo más que comer guacamole y hummus, es un movimiento antiespecista.

Dicho esto, no todos tenemos las mismas facilidades para ser veganos: hay una serie de obstáculos sociales. No en todos los barrios hay la misma oferta de artículos veganos ni de frutas y verduras frescas, y es frecuente encontrar más variedad en los barrios con rentas más altas. En Estados Unidos, este fenómeno se conoce como las “líneas rojas del supermercado”: en los barrios con pocos ingresos hay menos posibilidades de tener acceso a productos frescos y es mucho más fácil acudir a restaurantes de comida rápida y autoservicios, tal y como explica el periodista Raj Patel en sus estudios sobre el sistema alimentario mundial. Y así es como el segmento de la población más vulnerable y explotado acaba ingiriendo comida de los animales no humanos más vulnerables y explotados del planeta.

Para socializar el discurso vegano hay que informar de manera humilde y sin prejuicios a todas las capas de la población y abaratar los productos veganos. Al mismo tiempo, son necesarias políticas valientes que fomenten y faciliten este estilo de vida por el bien de los animales y del planeta. Y, por último, también hacen falta más Ruta 42 para demostrar que puedes seguir yendo al bar de toda la vida sin causar sufrimiento animal.

Autora: Cristina Fernández, Periodista y Viajera www.paladarvegano.blog www.viajesveganos.com

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