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El veganismo no es una opción alimentaria sino una filosofía de vida que incluye lo que comemos pero también otros muchos aspectos de nuestra vida cotidiana. El veganismo como principio ético es comparable a una religión, puesto que las religiones están también basadas al menos en parte, en enseñanzas éticas. 

Menús veganos en las escuelas: ¿misión imposible?

El Artículo 9 del Convenio Europeo de Derechos Humanos estipula que “toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho implica la libertad de cambiar de religión o de convicciones, así como la libertad de manifestar su religión o sus convicciones individual o colectivamente, en público o en privado, por medio del culto, la enseñanza, las prácticas y la observancia de los ritos.”

En este sentido tanto el Comité de Derechos Humanos de la ONU como el Consejo de Europa equiparan la libertad de conciencia con la libertad de religión y otras convicciones y recalcan que todas ellas deben ser igualmente protegidas. El Consejo de Europa, en su Manual de Educación en Derechos Humanos con jóvenes especifica que “cualquier creencia o convicción puede ser protegida por este derecho” y pone como ejemplos de creencias las de “una persona que está contra la caza, es pacifista, mormón, vegano o ideológicamente impulsado por el activismo contra el cambio climático”.

Las dietas veganas bien planificadas son adecuadas en todas las etapas de la vida, incluyendo por supuesto la infancia

En España los niños y niñas que profesan religiones cuyos principios afectan a su alimentación son respetados; y los centros educativos les proporcionan menús nutricionalmente adecuados y adaptados a sus creencias. En el caso de los niños y niñas veganos, sin embargo, en la inmensa mayoría de los casos las escuelas les niegan el derecho a vivir de acuerdo a sus principios, contraviniendo de forma flagrante la letra y el espíritu del Convenio Europeo de Derechos Humanos. En las escuelas españolas cientos de niños y niñas veganos son obligados a diario a comer productos animales si sus familias no pueden encontrar un centro que sí sea respetuoso, esté a una distancia razonable de sus domicilios y sea asequible a su economía.

Esto no es solo una falta de respeto por los derechos de los niños y de sus familias, sino que es además vivido por los propios niños de una forma muy traumática. Las niñas y los niños desde los 3-4 años son perfectamente conscientes de lo que comen y los niños veganos en particular conocen bien el origen de los alimentos; tanto si proceden de una familia vegana y han aprendido estos conceptos en casa como si  han sido los primeros de la familia en adoptar el veganismo (fenómeno cada vez más frecuente).

La primera excusa que usan los centros educativos para negar un menú vegano a un alumno o alumna es que “solo se atienden las peticiones derivadas de una intolerancia alimentaria o por una religión”, pero ya hemos visto que este argumento hace aguas, ya que las creencias y convicciones gozan del mismo status en la Unión Europea que las religiones y merecen consecuentemente el mismo nivel de respeto y protección. A continuación muchas escuelas esgrimen como argumento que la dieta vegana no es “saludable ni equilibrada” para un niño y que por ello no pueden ofrecerla. Esto demuestra un profundo desconocimiento de lo que significa una alimentación vegana y de la evidencia científica que la respalda. Las principales asociaciones de nutricionistas del mundo, como la estadounidense, la británica o la canadiense, han afirmado en repetidas ocasiones que las dietas veganas bien planificadas son adecuadas en todas las etapas de la vida, incluyendo por supuesto la infancia.

Los menús escolares ni siquiera cumplen las recomendaciones nutricionales oficiales, como denuncia la organización Justicia Alimentaria en su informe Comedores Escolares en la CAV (https://justiciaalimentaria.org/sites/default/files/docs/resumen-web.pdf).

A partir de los 2 años la alimentación debería ser, al menos en un 80%, de origen vegetal. Los expertos están de acuerdo en que hay que dar protagonismo a las proteínas vegetales (legumbres, frutos secos, semillas) frente a las animales, que la fruta y la verdura deberían constituir el 50% de nuestra alimentación y que los cereales han de ser integrales. Si los menús escolares cumplieran con estos mínimos requisitos, no solo sería muy fácil adaptar un menú para cualquier alumno vegano, sino que habríamos dado un paso de gigante para proteger la salud de todos los niños.

Autora: Miriam Martínez, Médico Pediatra

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