El estudio de las costumbres alimenticias es un elemento imprescindible dentro del campo de la vida cotidiana de cualquier cultura y época histórica, puesto que la alimentación ha estado siempre profundamente vinculada a los sistemas sociales y jerarquías, por lo tanto, también a los roles de género. En la actualidad, en lo que refiere al movimiento vegano, es sabido que en su mayoría está formado por mujeres, las cuales iniciaron el movimiento por los Derechos de los Animales. Sin embargo, cada vez más hombres abogan por este cambio crucial para lograr un mundo más justo: respeto para los animales, salvar el planeta de la mayor catástrofe ecológica de la Historia y mejora en términos de salud pública.

Masculinidad y veganismo
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La cultura alimentaria en las sociedades occidentales ha transcurrido por diferentes etapas históricas y cada una de las cuales ha contribuido en forjar el modelo de alimentación actual. En los inicios, durante la prehistoria paleolítica, a pesar de que la historiografía tradicional haya magnificado la caza y la ingesta de carnes, debido al legado de las pinturas rupestres que muestran escenas de caza mayor, los análisis de restos óseos humanos han mostrado que la alimentación del ser humano de las cavernas era hasta en un 90% de origen vegetal, de este modo podemos afirmar que era crucial la recolección de vegetales y que la caza de grandes mamíferos era una actividad del todo excepcional. A partir del Neolítico, los seres humanos desarrollaron sus capacidades y ambiciones para dominar la naturaleza, es decir: comenzaron a cultivar, a transformar los paisajes y a planificar su economía para la subsistencia. En este período se produce un cambio en la dieta muy importante: los cereales, tales como la espelta, el centeno o el trigo, se convirtieron en los protagonistas de nuestra alimentación y esta tendencia ha permanecido hasta el siglo XIX, XX e incluso XXI, según el país. Todas las civilizaciones de la antigüedad sustentaron su sistema alimenticio con base en un cereal (hidratos de carbono) y una leguminosa (proteína vegetal).

La carne se convirtió en el valor alimenticio medieval por excelencia, especialmente para el estamento dominante

mano, un vasto territorio comprendido entre Medio Oriente y las Islas Británicas (de este a oeste) y del Danubio al Sáhara (de norte a sur), cuyo vertebrador era el arco mediterráneo y una inmensa red de caminos controlados por Roma, la ciudad eterna ejerció un dominio férreo durante doce siglos y así forjó las bases de la cultura occidental referente para toda Europa. La cultura alimentaria romana tenía su base en el consumo de la trilogía mediterránea, sus tres cultivos base: el trigo, la vid y el olivo, que dan los tres productos básicos de la alimentación tradicional: el pan, el vino y el aceite de oliva. Sin embargo, también era esencial el cultivo de leguminosas como fuente de proteína vegetal, tales como las lentejas, los garbanzos y sobre todo las habas. Los cereales se consumían elaborados, es decir en forma de pan, puesto que era la base de los hidratos de carbono y pilar fundamental de la alimentación y como proteína vegetal procedente de una leguminosa, los romanos solían consumir principalmente las habas, sobre todo los soldados, los cuales además también solían consumir potajes de cebada por su alto poder calórico. En relación a los productos de origen animal, se solía comer pescado, ya que de la cultura griega aprendieron las técnicas del salado para conservarlo, se utilizaba como aliño el garum (salsa de pescado fermentado) y se bebía leche de cabra. La carne roja tenía un carácter excepcional y prácticamente no se consumía nunca, incluso entre las clases sociales más acomodadas

Las clases populares, con voluntad de imitar a las clases acomodadas, empezaron a consumir carne de cerdo

Durante la Edad Media, la irrupción de los pueblos germánicos (las llamadas tribus bárbaras) tuvo un impacto muy significativo respecto al consumo de carne y su relación con los valores considerados masculinos. Tras la caída de Roma, los bárbaros, pese a ser una minoría, impusieron su superioridad militar. Frente a la cultura alimentaria romana, los recién llegados aportaron el reflejo en el terreno alimentario de su peculiar relación con la naturaleza y con el mundo salvaje: fue con los pueblos bárbaros cuando empezó la ingesta masiva de carne, ya que ésta estaba asociada con su concepto de masculinidad. La carne se convirtió en el valor alimenticio medieval por excelencia, especialmente para el estamento dominante, es decir: la élite guerrera (masculina), que ostentaba el monopolio de las armas y la práctica de la caza mayor. Así, la relación entre consumo de carne y masculinidad se generalizó a través de la divulgación de la cultura germánica que consideró la carne un alimento imprescindible para los guerreros. Se creía que su consumo proporcionaba a los nobles el vigor y la energía necesarios para combatir en la guerra. La calidad de la carne consumida era marcador de su jerarquía y distinción social. En las mesas de los nobles se servía carne fresca de caza. De este modo, su dieta se basaba en carnes de ciervo, faisanes, perdices, etc. Incluía pocas verduras y poco pescado, que se consumía sólo por prescripción religiosa. No obstante, todos estos hábitos alimenticios les ocasionaron diversas enfermedades las cuales se asociaron directamente al estamento nobiliario, tales como obesidad, hipertensión arterial, inflamaciones articulares o la temida gota, ya que para un noble, abstenerse de carne en su dieta hubiese significado ser condenado al desprecio de sus iguales, por ello, era impensable que un señor dejara de comer carne de forma voluntaria, pues se convertiría en alguien indigno de pertenecer al estamento nobiliario a ojos de los otros.

Masculinidad y veganismo
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Las clases populares, con voluntad de imitar a las clases acomodadas, empezaron a consumir carne de cerdo y así se empezaron a elaborar los primeros embutidos para garantizar su conservación y seguridad sanitaria.

En 711, la llegada de los árabes a la Península Ibérica propició una revolución cultural y agrícola, pues del Oriente Medio llegaron consigo nuevos cultivos que mejoraron notablemente la calidad de la dieta europea, tales como el arroz, la naranja, el limón, etc. Y en 1492, la invasión de América permitió otra revolución agrícola, especialmente con la llegada de la patata, el tomate y el cacao, pero fue precisamente en América del norte donde, a finales del siglo XIX, se generalizó el consumo diario de carne de res, pues allí se disponía de grandes extensiones de tierra y allí se pusieron en práctica los primeros sistemas de ganadería y mataderos industriales.

Cada vez más hombres se inclinan por los valores del veganismo y quieren erradicar los estereotipos de la masculinidad tóxica

Históricamente, desde la relación entre el consumo de carne y el estamento guerrero, el estereotipo de la carne como un alimento propio de los machos (muy machos) nos ha acompañado. La obra contemporánea pionera en esta materia fue La política sexual de la carne de la profesora Carol J. Adams, quien analizó cómo la carne se ha percibido como poderosa, patriarcal y digna de los hombres. La activista sueca Greta Thunberg en su obra The climate book argumenta que la crisis climática se debe al liderazgo de hombres heterosexuales, pues los valores asociados a la masculinidad tóxica, entre ellos una alta ingesta de carne, nos han llevado al borde del precipicio. Aun así, cabe destacar que, a pesar de que el activismo vegano está formado por una inmensa mayoría de contingentes femeninos, cada vez más hombres se inclinan por los valores del veganismo y quieren erradicar los estereotipos de la masculinidad tóxica que dañan a los animales, al planeta y a su propia salud.

Autora: Helena Escoda Casas, Historiadora y antrozoóloga, profesora de ciencias sociales

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