Es difícil encontrar ya supermercados o incluso tiendas de barrio que no ofrezcan, al menos, leches vegetales; en la mayoría también encontramos yogures, quesos, mantequillas y helados que no están elaborados con leche de vaca u otros animales.

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Esto era impensable hace una década, cuando solo se podían comprar estos productos en tiendas especializadas y la variedad era además mucho menor. Con los años, a las más clásicas leches de soja, avena, arroz, almendras y avellanas, se han ido sumando coco, espelta, quinoa, cáñamo, y más recientemente, guisante. Con los yogures ha pasado algo similar y hoy podemos encontrar no solo de soja, también de almendras, avena y coco.

Los quesos han sido los últimos en incorporarse a esta tendencia. Además de los sucedáneos elaborados con grasa de coco (cuyo perfil nutricional es muy pobre y no son sustitutos reales de los quesos animales) también existen quesos artesanales elaborados con frutos secos de excelente calidad y valor nutricional, que hasta ahora solo se encontraban en tiendas especializadas. La buena noticia es que, gracias al aumento en la demanda, una empresa familiar de queso de anacardos acaba de llegar a un acuerdo con una distribuidora nacional para asegurar la presencia de sus productos en supermercados y grandes superficies.

Con estos datos, uno pensaría que la industria láctea está en declive, y que su evolución natural es la extinción. Desgraciadamente no es así.

La industria láctea sigue creciendo

La industria láctea está en plena forma y se espera que continúe creciendo a lo largo de esta década. En 2021, el valor del mercado mundial de productos lácteos se estimaba en unos 871.000 millones de dólares, y se prevé que crezca hasta los 1.128.000 millones de dólares en 2026 (fuente: Statista.com). Europa es el mayor productor de leche de vaca, seguida por EEUU e India. Pero incluso países que tradicionalmente no han consumido lácteos, como China (donde la mayoría de la población adulta es intolerante a la lactosa), están incrementando radicalmente la producción y el consumo de leche de vaca debido a su deseo de equipararse con los países occidentales. Gran parte de la leche que se consume en estos países es leche sin lactosa. Sí, estas poblaciones están abandonando el consumo de leche de soja, naturalmente sin lactosa, en favor de un producto que ni siquiera pueden tolerar.

La industria láctea no va a desaparecer si simplemente nos congratulamos de que haya leches y yogures de almendras y coco en los estantes de los supermercados

¿Hemos tocado techo?

Hasta el año 2015 aproximadamente el mercado de alternativas vegetales a los lácteos experimentó una continua expansión. Pero, según el proveedor de estudios de mercado Statista, entre los años 2017 y 2020 este mercado se estancó y entre 2020 y 2021 por primera vez se ha observado una disminución en el consumo de estos productos.

Un estudio realizado en 2018 señaló que menos de una cuarta parte de la población europea no había probado aún ninguna alternativa vegetal a la leche de vaca; aunque otra cuarta parte sí lo había hecho, pero no le había gustado su sabor y no la consumían de forma habitual. El sector mayoritario (43%), consumía habitualmente tanto leche de vaca como alternativas vegetales. Solo un 2% de la población encuestada tomaba exclusivamente leches vegetales.

Una cuestión de supervivencia

La producción de leche de vaca y sus derivados es insostenible. El estudio más extenso realizado hasta el momento sobre el diferente impacto medioambiental de la leche de vaca y las leches de soja, avena, almendras y arroz fue publicado en el año 2018 en la revista Science; y los datos y gráficas pueden consultarse en ourworldindata.org. La investigación mostró claramente que la leche de vaca causa unas tres veces más emisiones de gases de efecto invernadero; utiliza unas diez veces más tierra de cultivo; de dos a veinte veces más agua; y crea niveles mucho más altos de eutrofización que sus alternativas vegetales.

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Entre las bebidas vegetales, la leche de soja es probablemente la ganadora global, ya que es la que menos agua requiere y la que menos eutrofización causa, aunque las leches de arroz y de almendra le sacan algo de ventaja en cuanto a su menor uso del suelo; y las de avena y almendras ganan ligeramente a la de soja en cuanto a que producen menos emisiones de gases de efecto invernadero. Estas diferencias son muy pequeñas y si consideramos la mayor densidad de nutrientes de la leche de soja, ésta sigue compensando en todos los niveles.

¿Qué hacemos ahora?

Frente al mensaje triunfalista de algunas organizaciones y activistas ambientalistas y veganos, los datos indican que las alternativas vegetales han encontrado un hueco (pequeño) en el mercado y se han quedado allí como una opción de consumo más, sin constituir una amenaza real para la industria láctea.

En resumen, la industria láctea no va a desaparecer si simplemente nos congratulamos de que haya leches y yogures de almendras y coco en los estantes de los supermercados. O se toman otro tipo de medidas o la situación no va a cambiar.

Casi una quinta parte del presupuesto total anual de la UE se destina a subvencionar la industria cárnica y láctea

Las guías alimentarias de los estados occidentales, incluida España, están recomendando una disminución en el consumo de productos lácteos. ¿Pero llega esto a la población? Sin campañas de educación y concienciación, y sin la eliminación de las barreras que aún quedan para que la ciudadanía pueda acceder de verdad a las alternativas vegetales a los productos lácteos, no puede haber un cambio real.

Sin duda una barrera es el precio; las leches vegetales duplican o triplican en precio a la leche de vaca. Esto es difícil de entender ya que hemos visto más arriba que el uso de recursos es considerablemente menor; pero la explicación es que la industria láctea en Europa se encuentra fuertemente subsidiada, por lo que el coste real de producción no se traslada al precio que paga el consumidor final. Cuando la industria láctea se queja de que el uso del término «leche» aplicado a las bebidas vegetales supone una competencia desleal para sus productos, olvidan mencionar que ellos ya salen con mucha ventaja. Casi una quinta parte del presupuesto total anual de la UE se destina a subvencionar la industria cárnica y láctea.

Otra barrera es la falta de estos productos en centros escolares, hospitales, residencias de mayores y comedores públicos. Esto, combinado con el hecho de que muchos profesionales que trabajan en estos lugares, incluyendo médicos, maestros y nutricionistas, tienen una visión negativa de las alternativas vegetales y siguen difundiendo mitos acerca de su poco valor nutritivo en comparación con los productos lácteos, impide que muchas personas que podrían beneficiarse de las leches y yogures vegetales, lo hagan.

Aunque las medidas más eficaces sólo las pueden tomar los gobiernos, nosotros, en nuestro activismo diario debemos ser más claros en nuestro mensaje: no, no está bien alternar leche de vaca y de avena según las apetencias o las necesidades culinarias. Las leches vegetales no son una opción gastronómica más. Son la solución para que abandonemos de una vez por todas el maltrato al que tenemos sometidos a billones de animales y para que detengamos la catástrofe medioambiental que tenemos encima. Existiendo la leche de soja, con mejor perfil nutricional y mucho menor impacto ambiental que la leche de vaca, seguir tomando leche de vaca y sus derivados es una irresponsabilidad que no nos podemos seguir permitiendo.

AutoraMiriam Martínez Biarge, Médico Pediatra

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