Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), una zoonosis es una enfermedad producida por un agente infeccioso que procede de animales, que “salta de un animal no humano a un humano”. En algunos casos el agente infeccioso no resulta perjudicial para el animal de origen y ambos conviven juntos sin problemas, pero se hace dañino al pasar de una especie a otra.

Zoonosis
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¿Son frecuentes las zoonosis?

Podemos decir que son la norma. Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de los EEUU nos dicen que al menos el 60% de las enfermedades infecciosas en humanos son zoonóticas y este porcentaje aumenta al 75% si hablamos de las enfermedades más recientes, las llamadas emergentes.

Las zoonosis se pueden adquirir de varias formas: 1) por contacto directo con un animal infectado, con sus secreciones o con las superficies donde haya estado; 2) por comer un alimento contaminado, generalmente procedente de un animal enfermo o transmisor; 3) a través de la picadura de un mosquito u otro insecto; 4) a través de otros humanos infectados, una vez que el agente ha hecho el salto de especie y ha adquirido la capacidad de transmitirse entre nosotros. Esta última vía es la más peligrosa, pues significa que las posibilidades de contagio se multiplican: ya no es necesario el contacto con un animal y la enfermedad deja de ser un caso aislado para afectar a toda una comunidad y más allá.

¿Hay más zoonosis ahora que en el pasado?

Siempre ha habido zoonosis. Incluso muchas de las enfermedades que ahora consideramos de transmisión exclusivamente humana, en su origen procedieron de animales. Por ejemplo, hace poco se ha averiguado que el sarampión fue un virus bovino que hace unos 2.500 años saltó a la especie humana. Uno de los primeros regalos que obtuvimos de la práctica de la ganadería.

La mayor parte de las epidemias y pandemias zoonóticas han tenido su origen último en la forma en que los humanos tratamos a los animales

En el siglo XIV Europa perdió un 40% de su población en menos de 10 años a consecuencia de la peste bubónica o peste negra, que se transmitía a través de las picaduras de pulgas procedentes de ratas infectadas y por contacto directo con las personas ya enfermas. Todavía hoy aparecen brotes de esta enfermedad a partir de personas que se dedican a cazar y comer marmotas, sobre todo en la región de Mongolia.

Enfermedades zoonóticas

Ya en el siglo XX, la humanidad se vio afectada por tres pandemias de gripe. La de 1918-1919, que afectó a un tercio de la humanidad y mató a unos 50 millones de personas, fue una mutación de un virus de gripe aviar. El origen más probable fue una o varias granjas avícolas en Kansas, Estados Unidos.

En algún momento del siglo pasado el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), que causa la enfermedad conocida como sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida) pasó de los primates, donde estaba bien adaptado, a los humanos que cazaron y comieron monos y chimpancés en África. Desde que comenzó la epidemia de VIH-sida, 80 millones de personas han contraído la infección y 36 millones han muerto.

Y en el siglo XXI tres coronavirus de origen zoonótico han causado dos epidemias (SARS, MERS) y la pandemia que estamos viviendo en estos momentos (Covid-19). Además, varios brotes de ébola, originados por la ingesta de murciélagos, han causado estragos en África y puesto en jaque al planeta entero.

Los expertos coinciden en que sí, en que en los últimos cien años se está produciendo una aceleración en el número de infecciones zoonóticas a las que estamos expuestos.

¿Por qué ahora hay más zoonosis?

La mayor parte de las epidemias y pandemias zoonóticas han tenido su origen último en la forma en que los humanos tratamos a los animales, tanto a los salvajes, como a los que la industria ganadera explota para consumo humano.  En el último siglo, nuestra capacidad para maltratar animales y causar daño al planeta se ha refinado y multiplicado y eso, cual ruleta rusa, está aumentando las posibilidades de pandemias cada vez más eficientes y peligrosas.

La destrucción de los hábitats naturales de muchas especies animales para obtener materias primas causa la huida de estos animales a ciudades u otros asentamientos humanos, multiplicando las interacciones entre humanos y animales. Los mercados de animales salvajes vivos, el transporte mundial de animales para zoos y laboratorios, y sobre todo, las factorías donde se crían y hacinan billones de animales, son los caldos de cultivo perfectos para la mutación y dispersión constante de nuevos virus.

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Las gripes aviar y porcina obligan al sacrificio cada año de millones de estos animales para evitar que los virus pasen a los humanos, aun así se declaran brotes constantes entre los trabajadores de esta industria o en poblaciones cercanas, que hasta el momento se han podido contener. Es cuestión de tiempo que uno de estos virus gripales se haga altamente transmisible entre humanos y además, virulento. La tasa de mortalidad global producida por la covid-19 es menor del 5%. Imaginemos un virus que se transmita igual de bien, pero con la tasa de mortalidad de la viruela (30%).

No se soluciona el problema desde la raíz

Los humanos, en vez de tratar de controlar las zoonosis yendo al origen del problema y reconociendo que dependemos enteramente del planeta y que si éste no está sano y los animales sufren nosotros mismos vamos a estar en constante peligro, hemos decidido vendarnos los ojos y continuar nuestra forma de vida suicida.

Los aislamientos, las restricciones, las mascarillas, las pruebas diagnósticas, e incluso las vacunas, aunque necesarias en este momento, no son más que tiritas para un planeta que se desangra.

¿Se pueden prevenir?

Las autoridades sanitarias nos ofrecen recomendaciones que a nivel individual son efectivas para disminuir el riesgo de adquirir una zoonosis: usar repelentes de insectos en el exterior, sobre todo en zonas tropicales; cuidar de la salud de nuestros animales domésticos (que estén vacunados, desparasitados y protegidos frente a pulgas), evitar el contacto con animales salvajes; o manipular los alimentos de forma higiénica. Y sí, lavarnos las manos.

Prevención a nivel colectivo

Todo esto está muy bien, pero como acabamos de experimentar en nuestra piel, no nos libra del peligro de infectarnos por agentes infecciosos que una vez que han saltado a los humanos se transmiten directamente entre nosotros. Entonces ya el riesgo no es individual, sino colectivo, y la prevención solo puede llevarse a nivel colectivo.

Una vez que una pandemia se ha iniciado ya no se puede prevenir, lo más que podemos hacer es aminorar sus consecuencias y tratar de contener el número de afectados. Pero sí podemos prevenir la próxima pandemia. Porque si no actuamos ya, la siguiente está al caer.

Solo un mundo donde no exista ningún tipo de explotación animal y donde se protejan todos los ecosistemas será un lugar seguro para la especie humana.

Prevenir no es, como dicen la OMS y otros organismos internacionales, aumentar la vigilancia sobre nuevos patógenos y dedicar más recursos al desarrollo de fármacos y vacunas. Aquí ya estamos llegando tarde. Y tampoco es medicar al ganado con más y más antibióticos. Esto solo ha conseguido añadir otro problema a nuestra lista: las resistencias a antimicrobianos, que causan la muerte de 700.000 personas en el mundo cada año.

Solo un mundo donde no exista ningún tipo de explotación animal y donde se protejan todos los ecosistemas será un lugar seguro para la especie humana. Para afrontar este reto no necesitamos más inteligencia ni más tecnología, sino más sabiduría.

Autora: Miriam Martínez Biarge, Médico Pediatra

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