“De pie frente a los fogones, es difícil negar de ninguna forma significativa el hecho de que la langosta es una criatura viva que experimenta dolor y desea evitar esa experiencia dolorosa”. Estas son algunas de las palabras escritas por David Wallace en su famoso ensayo Hablemos de langostas tras su paso por el Festival de la Langosta en Maine.

Hablemos de langostas y otros crustáceos

Langostas, bogavantes, centollos, cangrejos… son algunos de los crustáceos apreciados en gastronomía: su carne es un manjar delicado para muchos humanos. Se preparan cocidos, asados a la parrilla, al vapor, salteados, a la plancha e incluso al microondas. Pero, la manera más común -extendida por todo el mundo- es hervidos. Hervidos vivos. Los animales se meten de uno en uno en una olla grande llena de agua hirviendo. Se tapa la olla y se lleva de nuevo el agua a ebullición. Y es en ese momento cuando empieza la lucha del animal por sobrevivir: forcejean y se retuercen raspando los lados de la olla en un intento por levantar la tapa para salir. Tardan hasta tres minutos en morir.

“Para empezar, no es solo que a las langostas las hiervan vivas, es que lo haces tú en persona, o por lo menos alguien lo hace específicamente para ti, in situ. |…] La naturaleza íntima del asunto se maximiza en casa de uno, que por supuesto es donde se preparan y se comen la mayoría de las langostas (aunque fíjense ya en el eufemismo semiconsciente «se preparan», que en el caso de las langostas realmente quiere decir matarlas allí mismo en nuestras cocinas). La situación habitual es que llegamos de la tienda y hacemos las pequeñas preparaciones como llenar la olla y hervir el agua, y luego sacamos las langostas de la bolsa, o del recipiente de la tienda en el que hayan venido… y es ahí donde empiezan a pasar cosas incómodas. Por muy aturdida que esté una langosta como resultado del viaje a casa, suele volver alarmantemente a la vida cuando uno la mete en agua hirviendo. Si uno está volcando el recipiente dentro de la olla humeante, a veces la langosta intentará agarrarse a los lados del recipiente o incluso enganchar las pinzas en el borde de la olla como una persona que intenta no caerse desde el borde de un tejado. Y es peor cuando la langosta está completamente sumergida. Hasta cuando tapas la olla y te das la vuelta, por lo general puedes oír el repicar y el claqueteo de la tapa mientras la langosta intenta levantarla a empujones. O bien las pinzas de la criatura arañan los costados de la olla mientras se retuerce”, describe Wallace.

Y añade: “La langosta, en otras palabras, se comporta más o menos como nos comportaríamos ustedes y yo mismo si nos echaran en agua hirviendo (con la excepción obvia de gritar). Una forma menos delicada de decir esto es que la langosta actúa como si estuviera sintiendo un dolor terrible, lo cual provoca que algunos cocineros tengan que salir de la cocina y llevarse con ellos uno de esos pequeños relojes de horno de plástico a otra habitación y esperar allí hasta que todo el proceso haya terminado”.

Hablemos de langostas y otros crustáceos

Uno de los criterios principales que emplean los expertos para demostrar si una criatura es capaz de sufrir es si el animal demuestra comportamiento asociado con el dolor. Un estudio de 2008 publicado en Animal Behaviour se centraba precisamente en la reacción de un crustáceo decápodo, el camarón de charco, y concluía que el animal era consciente ante un estímulo dañino y reaccionaba con una prolongada cadena de respuestas que hacen consistente la idea de que los crustáceos pueden experimentar dolor. En la misma línea, en 2013, un estudio publicado en Journal of Experimental Biology comprobó cómo los cangrejos huían del dolor.

Los defensores de los derechos de los animales y algunos científicos argumentan que las langostas y otros crustáceos tienen sistemas nerviosos sofisticados muy diferentes a los nuestros y que son capaces de sentir dolor al ser hervidos vivos. Un dolor que, incluso, puede ser mayor que el que experimentamos los humanos y estar más allá de nuestra capacidad mental para comprenderlo.

Por todo ello, algunos países han tomado cartas en el asunto. Desde 1999 en Nueva Zelanda no se pueden hervir o cortar crustáceos vivos. En Suiza, desde marzo de 2018 está prohibido transportarlos en hielo o en agua helada y deben ser aturdidos antes de matarlos. En Italia, en junio de 2017, el Tribunal de Casación decretó que a los crustáceos no se les puede mantener vivos en hielo en los restaurantes y supermercados debido al injustificable sufrimiento que esto les provoca. Sin embargo, consideró que su cocción en vida era admisible al ser considerada una costumbre social.

“Los grandes crustáceos utilizados para la alimentación suelen ser hervidos hasta la muerte. Esta es una tortura innecesaria, ya que se puede evitar fácilmente”, escribía el biólogo marino Gordo Gunther en un artículo publicado en la revista Science en 1961, en el que ofrecía una alternativa “indolora” para acabar con la vida de estos animales.

Y es que existen, por supuesto, otras formas de matar a los crustáceos in situ que tampoco están exentas de polémica: sumergirlos en una solución de agua salina antes de hervirlos o en agua fría y calentarla gradualmente, cortarlos por la mitad o meterlos en agua dulce. Los expertos no se ponen de acuerdo sobre qué método causaría el menor sufrimiento.

En Estados Unidos, un grupo de activistas se ha unido para dar voz a los crustáceos, uno de los grupos de animales más maltratados y olvidados

Lo que sí parece evidente es que la mejor manera para evitar el sufrimiento a estos animales es dejar de consumirlos, tal y como recuerdan las organizaciones animalistas. Un reto complicado si tenemos en cuenta que solo los ciudadanos de la Comunidad Europea consumieron 1,84 kilos de crustáceos per cápita en 2016, según el informe Mercado Pesquero de la Unión Europea de 2018 elaborado por el Observatorio Europeo del Mercado de los Productos de la Pesca y de la Acuicultura (Eumofa).

En Estados Unidos, un grupo de activistas se ha unido para dar voz a los crustáceos, uno de los grupos de animales más maltratados y olvidados. Crustacean Liberation se dedica a salvar a langostas, cangrejos, camarones y otros crustáceos. Su misión es promover los derechos y el bienestar de estos animales mediante el uso de un enfoque multifacético que incluye actividades de divulgación, manifestaciones, investigaciones, campañas y liberaciones.

La organización, fundada por Robbie Ruderman en Miami, libera a los crustáceos capturados y crea conciencia sobre el “trato obscenamente cruel y bárbaro que damos a estos seres inocentes y sensibles”, afirmaba Ruderman en una entrevista. «Sentimos que era necesario que una organización abogase estrictamente en nombre de los crustáceos, que soportan el sufrimiento más extremo e innecesario cuando son mutilados, desmembrados, cocidos al vapor y hervidos vivos, todo ello estando totalmente conscientes», decía.

La sensibilización es clave para Ruderman, quien cree que mantener las liberaciones y compartir información en las redes sociales ayudará a cambiar las mentes de los consumidores. «A medida que nuestro movimiento crezca, con más liberaciones en más lugares y más difusión, conseguiremos cambios significativos para los crustáceos y, finalmente, disminuirá su demanda».

Autora: Cristina Fernández, Periodista & Blogger, www.paladarvegano.blog  |  www.viajesveganos.com

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