La lógica del vegetarianismo, escrita en 1899, constituye una de las obras más destacadas de Henry S. Salt. Si en A plea for vegetarianism (1886) el autor expuso los argumentos que él consideraba más relevantes en favor de una dieta libre de carne, esta vez Salt quiere tratar la cuestión desde una perspectiva lógica.

La lógica del vegetarianismo, un libro del siglo XIX lleno de actualidad

De este modo, el autor analiza los argumentos ofensivos más generalmente esgrimidos por los enemigos del vegetarianismo y los enfrenta con los postulados que sostendría un interlocutor vegetariano. Para ello, recurre al método del diálogo, simulando una discusión dialéctica para discurrir a lo largo de la obra.

Entre los argumentos utilizados por los defensores de una dieta omnívora a los que Salt enfrenta con la dialéctica vegetariana destacan: la aparente inconsistencia de consumir productos derivados de origen animal (como huevos y leche) por parte de autodenominados “vegetarianos”, la supuesta estructura biológica carnívora del ser humano, el pretendido apoyo de la religión cristiana al carnivorismo y los falsos problemas fisiológicos derivados de una dieta carente de proteína de origen animal.

Igualmente, el autor señala en los últimos capítulos los problemas a los que se tienen que enfrentar los nuevos vegetarianos en términos de críticas por parte de familiares, amigos y miembros de la comunidad médica, así como la relación del vegetarianismo con otras reformas sociales de similar índole.

Por último, hemos de señalar la inclusión en esta edición del Manifiesto de Liga Humanitaria que dirigió Salt hasta su cierre en 1919, así como la Declaración Universal de los Derechos del Animal adoptada por la UNESCO (1977).

Sobre la relevancia de la obra de Henry S. Salt, Ernesto Castro

La obra de Henry S. Salt a favor del vegetarianismo es relevante en la historia de lo que actualmente denominamos el movimiento antiespecista en la medida en que distingue entre los argumentos filosóficos y los argumentos teológicos a favor de este tipo de dieta, que hasta entonces estaban confundidos en la literatura especializada sobre el tema y que todavía siguen confundidos para cierta opinión pública actual. Esta confusión tiene cierto fundamento objetivo en la indistinción o el solapamiento entre la filosofía y la teología durante la mayor parte de la historia de ambas disciplinas. Es por ese motivo que no se puede comprender la novedad que supone la obra de Salt en términos históricos sin tener en cuenta la historia previa de lo que podríamos llamar el “veganismo filosófico”, que es lo que modestamente queremos contar en este epílogo, limitándonos por razones de espacio a la Antigüedad occidental y, más en concreto, a Pitágoras.

Y es que el veganismo filosófico tiene en Pitágoras a su primer representante

En este punto es importante establecer una distinción entre el Pitágoras histórico y la concepción que del mismo se tiene en el presente. La opinión pública actual recuerda a Pitágoras principalmente como el matemático que “descubrió” el teorema que establece la relación entre la longitud de los catetos y la longitud de la hipotenusa en un triángulo rectángulo. Sin embargo, esa relación ya era conocida y utilizada comúnmente por los agrimensores y los aparejadores egipcios y no tenemos ninguna evidencia historiográfica de que Pitágoras hubiese ofrecido una demostración rigurosa del teorema como las que encontramos en los Elementos de Euclides, para empezar porque Pitágoras era ágrafo.

Según algunos comentaristas contemporáneos, el llamado teorema de Pitágoras no puede ser el fundamento de la filosofía pitagórica, tal y como la encontramos en los discípulos de Pitágoras que se ocuparon de cuestiones matemáticas, como Filolao o Arquitas, porque la aplicación del teorema a un triángulo isósceles, en el que los dos catetos tienen la misma longitud, supone la destrucción de la particular concepción racionalista del mundo que podemos reconstruir a partir de los fragmentos que nos han quedado de los pitagóricos, que reducían las relaciones entre todas las cosas a proporciones expresables con números racionales, mientras que, según el llamado teorema de Pitágoras, la longitud de la hipotenusa de un triángulo rectángulo isósceles es un número irracional del tipo √2. Esto explicaría por qué motivo los pitagóricos guardaban con tanto celo sus descubrimientos matemáticos, hasta el punto de que, según cuentan, condenaron a la pena muerte de ser ahogado en el mar a Hipaso por revelar al público el método de composición del dodecaedro, uno de los cinco sólidos regulares de Platón.

Lo único que se puede afirmar con cierta certeza historiográfica acerca de la relación de Pitágoras con las matemáticas es que concedió una importancia cuasi-religiosa a los números y en este sentido los convirtió en objeto de análisis filosófico, lo que demuestra que la relación entre la filosofía y la teología, si tienen algún sentido estas dos palabras en la Grecia arcaica, es más problemática de cómo la presentó Wilhelm Nestle en su famoso libro Del mito al logos. Así se cuenta que Pitágoras arrebató el monopolio de las matemáticas a los mercaderes y que, cuando descubrió presuntamente el teorema que lleva su nombre, hizo una “hecatombe”, lo que tomado literalmente significa el sacrificio ritual de cien bueyes.

Esta última anécdota, la del sacrificio ritual de cien bueyes, mencionada por los dos doxógrafos más importantes de Pitágoras, Diógenes Laercio y Proclo, nos sitúa ante el problema crucial de este epílogo, a saber: ¿cómo es posible que un presunto vegetariano como Pitágoras continuase realizando sacrificios de animales?

Si por algo era recordado Pitágoras hasta el siglo IV a.C., no era precisamente por sus conocimientos matemáticos o filosóficos. Platón ni siquiera menciona a Pitágoras en la historia de la filosofía que reconstruye en el Sofista y fueron los discípulos del fundador de la Academia los que crearon el mito de Pitágoras al atribuirle la mayoría de las innovaciones filosóficas de Platón, empezando seguramente por la propia acuñación del término “filosofía”, revistiéndolas de este modo de un aura reverencial. Así, Pitágoras, después del siglo IV a.C., se convirtió en algo así como el “Jesucristo de la filosofía”, con una pierna de oro y capaz de estar en dos sitios al mismo tiempo. En el siglo III d.C., el periodo en el que se escribieron la mayoría de los textos sobre Pitágoras que nos han quedado, era atribuirle lo esencial de la filosofía académica y peripatética, reduciendo de este modo a Platón y a Aristóteles a meros plagiarios.

Insisto: si por algo era recordado Pitágoras hasta el siglo IV a.C. era por haber impuesto sobre sus discípulos un modo de vida altamente disciplinado que, en parte, iba en contra de la concepción de la buena vida que desde el presente suelen proyectar los comentaristas sobre la Grecia arcaica. Así, frente a la importancia que los griegos concedían a la retórica y a la oratoria como las disciplinas que nos permiten participar de los asuntos de la ciudad y discernir sobre lo justo y lo injusto, se dice que los pitagóricos tenían que mantener un voto de silencio durante los primeros cinco años posteriores a su entrada en la escuela, aunque también se podría argumentar que la reivindicación de la oratoria y de la retórica en la Grecia antigua no es previa sino posterior al pitagorismo y que incluso se podría considerar esta reivindicación como una reacción al pitagorismo, en la medida en que uno de los primeros sofistas, Gorgias de Leontinos, provenía de la misma región itálica en la que Pitágoras predicó su doctrina. Sea como fuere, el componente esencialmente moral de la doctrina pitagórica es indudable, más aun teniendo en cuenta que pitagóricos tardíos como Diodoro de Aspendo, del que se cuenta que iba desnudo y se dejaba crecer la barba, anticipan por la vía del control de las pasiones el cinismo de Diógenes de Sinope y su despojamiento de todo bien material.

Dentro del programa moral pitagórico, que hoy calificaríamos de contracultural, cumplía un papel central el vegetarianismo

Sin embargo, hay discrepancias entre los doxógrafos acerca del tipo de carne que Pitágoras se abstenía de comer. Según Eudoxo, “no solo se abstenía de alimentarse de animales, sino que tampoco se acercaba a los carniceros y a los cazadores”. Por el contrario,

Aristóteles nos informa de que “los pitagóricos se abstienen de comer el útero y el corazón, pero sí que comen los demás alimentos animales”. Estas dos versiones del vegetarianismo de Pitágoras no solo discrepan en los detalles dietéticos, sino también en las razones por las que un filósofo de la Antigüedad podría haberse abstenido de comer carne, así que conviene detenerse a analizarlas por separado, mostrando cuando sea conveniente los paralelismos con el presente.

La versión de Eudoxo sugiere que Pitágoras se abstenía de comer carne por razones morales. Según esta versión, Pitágoras no se acercaría ni a carniceros ni a cazadores por considerarlos contaminados en el marco de una concepción de la moral como una suerte de aura colectiva que puede mancharse por mera proximidad física con los impuros, una concepción de la moral que proviene de la poesía épica y dramática, donde el karma de los padres se transmite a los hijos, y que entra en la época moderna de la mano del darwinismo social y la novela naturalista decimonónica. Esta concepción aurática de la moral está presente en algunas prácticas vegetarianas actuales, en la medida en que algunos vegetarianos se abstienen de comer carne con el fin de “no participar de la carnicería”, y no porque su acción individual descoordinada vaya a reducir el sufrimiento animal, reducción que muchas veces no se produce debido al margen de beneficio que tienen los intermediarios entre el matadero y el supermercado, que pueden perfectamente desechar la carne de animales ya sacrificados para ajustar la oferta a la demanda y mantener estables los precios del mercado.

Pitágoras, por tanto, se abstendría de comer carne por juzgar que los animales y los seres humanos pertenecen a la misma comunidad moral. Según Dicearco de Mesina, la primera entre las doctrinas de Pitágoras era que “todos los seres animados somos de la misma familia”. Esta doctrina de la familiaridad entre los hombres y los animales se apoyaba en la teoría de la transmigración de las almas o metempsicosis, según la cual las almas son inmortales y se pueden reencarnar indistintamente en cuerpos de seres humanos y animales. Esta teoría, que actualmente nos puede sonar profundamente mitológica, tenía su fundamento racional en el hecho de que los seres humanos y el resto de los animales comparten la facultad de la sensibilidad, que Filolao, discípulo de Pitágoras, distingue de la facultad reproductiva, vegetativa e intelectiva. Así, aquello que define la personalidad tanto de un animal como de un hombre no sería tanto la presencia o ausencia de la facultad de raciocinio cuanto la sensibilidad. Sobre esta hipótesis acerca del carácter de los individuos se asienta la doctrina de la reencarnación o familiaridad entre los hombres y los animales.

Ahora bien, mientras que en la literatura órfica, en la religiones indias y en la filosofía de Empédocles la doctrina de la reencarnación tiene un componente de castigo y recompensa, y un individuo se reencarna en especies más o menos terrenales dependiendo de la moralidad de sus acciones en vidas pasadas, y por tanto el objetivo de la moral es buscar la purificación, la elevación o la forma de escapar de ese ciclo de reencarnaciones, en la doctrina pitagórica no hay rastros de recompensas o castigos. De ahí que, lejos de considerar viles a las almas que se han reencarnado en animales, los pitagóricos las consideraran tan familiares como las reencarnadas en hombres. Y de ahí la anécdota que cuenta Jenófanes de que Pitágoras le pidió al dueño de un perro que dejara de maltratar a su mascota pues en ella se había reencarnado un viejo amigo suyo, al que había reconocido por la voz de sus gemidos. El hecho de que el reconocimiento del alma vaya de la mano de algo tan vinculado a la sensibilidad como es la capacidad auditiva no hace sino recalcar lo que ya hemos dicho sobre los fundamentos en última instancia racionales de la doctrina de la metempsicosis.

Por su parte, la versión del vegetarianismo de Pitágoras que ofrece Aristóteles indica más bien una concepción religiosa de la abstención de comer carne. Según esta versión, Pitágoras se abstendría de comer ciertas partes de los cuerpos de los animales, igual que actualmente muchas religiones prohíben comer ciertas especies de animales, por considerarlas sagradas o impuras. En esta línea religiosa, Aristóteles nos cuenta que, a la pregunta “¿Qué es lo más sagrado?”, Pitágoras respondía: “El sacrificio”. Esta referencia al sacrificio como lo máximamente sagrado podría entenderse como un reconocimiento de la importancia de los rituales dentro de la religión griega, en la que los dioses se alimentaban de las porciones de carne arrojadas al fuego o de las bebidas derramadas sobre el suelo, del mismo modo que actualmente algunas tribus urbanas hacen libaciones en nombre de sus integrantes muertos o en la cárcel. Pero también se podría entender como una referencia al sacrificio en un sentido mucho más genérico.

Y es que los pitagóricos no solo se abstenían de comer carne sino también de comer ciertos frutos como las habas. Ello fue objeto de burla por los cómicos de la época, que se burlaron de la capacidad de las habas de generar gases. Aristóteles especula que el motivo de la abstención se debía a la creencia pitagórica de que las habas eran un fruto del infierno. Independientemente de lo que creyeran los pitagóricos, la medicina contemporánea ha encontrado un fundamento racional en esta prescripción dietética. El caso es que las habas contienen compuestos altamente oxidantes como la vicina que pueden desencadenar una crisis hemolítica severa en las personas con una deficiencia de glucosa-6-fosfato deshidrogenesa, una enfermedad conocida popularmente como favismo, hasta cierto punto endémica a orillas del Mediterráneo, esto es, en el área de expansión de la filosofía pitagórica. De este modo, lo que en el pasado era contemplado como un tabú ridículo y risible, en el presente se ha demostrado como una política dietética perfectamente razonable.

Dicho esto, y teniendo en cuenta que, con variaciones, la mayor parte de los filósofos posteriores a Pitágoras que practicaron el vegetarianismo, lo hicieron por confusas razones donde lo teológico y lo filosófico se daban la mano, se puede ahora comprender cabalmente la novedad que supone la obra de Salt. Frente a esta confusión, Salt discernió entre los argumentos teológicos y los filosóficos, estableciendo analogías entre la situación de los animales no humanos y las clases menos desfavorecidas de la sociedad, en la línea de Jeremy Bentham, pero siempre distinguiendo entre el plano filosófico y el teológico.

Sobre Henry S. Salt (1851-1939)

Henry S. Salt nació en la India británica de 1851, en la ciudad de Nainital, en el estado de Uttarakhand, situado en el Himalaya, si bien su familia, de clase acomodada, se trasladaría a Inglaterra cuando Henry contaba con un año de edad.

Cuando alcanzó su madurez tuvo lugar el asentamiento de la ideología que le acompañaría durante el resto de su vida, particularmente el racionalismo, por influencia de los trabajos del pensador y poeta P. B. Shelley. También en este momento se fue aproximando al vegetarianismo, tras la lectura de Ethics of Diet, una antología elaborada por H. Williams que recoge el pensamiento sobre el vegetarianismo de los más destacados autores desde la antigüedad.

Entró en contacto con los intelectuales socialistas de la época, que fundamentalmente se agrupaban en torno a tres asociaciones: la Social Democratic Federation, que divulgaba sus ideas a través de su revista Justice; la Fellowship New Life, editoria de Seed-Time y la Fabian Society, con Today. Colaboró con las tres organizaciones y escribió para las revistas de todas ellas. Sin embargo, parece que nuestro autor sintió especial vinculación con la Fellowship New Life, inspirada por el pensamiento del trascendentalismo emersoniano, más que por un socialismo de corte marxista.

En el año 1891, Salt se reuniría en Londres con un pequeño grupo de intelectuales que compartían lo que él denominaba “pensamiento humanitarista”. En tal reunión se inauguraría la Liga Humanitaria, que tenía como fines «the emancipation of men from cruelty and injustice» y «the emancipation of animals». La Liga incluía algunos miembros no vegetarianos, si bien favorables a la disminución de la crueldad dirigida contra los animales, por lo que podían encontrar muchas puntos en común. Claro ejemplo de ello fue la defensa que hizo la Liga del abandono de los mataderos privados y su sustitución por mataderos de corte público que utilizasen métodos más “humanos” de matar. Se mostraron también favorables a la mejora de las condiciones del transporte de ganado, pues causaba un importante sufrimiento a los animales. Sin embargo, la Liga no se limitaba a cuestiones vinculadas al bienestar animal. Ello queda patente con sus demandas de modificación de la ley penal, que, sostenían, debería dejar de concebir la pena privativa de libertad como un castigo, para comenzar a ser considerada un medio de reforma del preso. Estos son meros ejemplos de un programa político mucho más amplio, que abarcaba otros puntos como la lucha contra las agresiones por parte de los profesores a sus alumnos, la oposición a la práctica de la vivisección, la reducción armamentística internacional o la mejora en el trato a las razas sometidas en las colonias.

Entre sus obras más relevantes cabe destacar Animals’ Rights, que es una de las primeras grandes obras de la historia que trata con solidez la cuestión de los derechos de los animales; la citada por Gandhi, A plea for vegetarianism, formada por nueve ensayos en los que el autor reflexiona acerca de la dieta, tratando cuestiones como el canibalismo, la salud y la ética, y The logic of vegetarianism, en la que el autor analiza los argumentos más utilizados en contra del vegetarianismo, recurriendo a la forma del diálogo para la exposición de su pensamiento.

Una segunda faceta de Salt fue la de crítico literario, que aprovechó para dar a conocer al público autores que consideraba afines a su pensamiento. Entre otros, destacan sus escritos sobre Thoreau, con el fin de divulgar sus ideas, así como las publicaciones que realizó sobre Shelley, cuyas poesías influyeron notablemente en el pensamiento de Salt, particularmente en materia de vegetarianismo. Igualmente, publicó algunas obras sobre su propia vida, destacando Seventy Years Among Savages, en la que describe y critica las prácticas alimentarias de sus compatriotas. Su labor literaria se plasmó también en sus traducciones, principalmente de autores clásicos, así como sus antologías, de las que cabe mencionar Selections from Thoreau, que tenía como objetivo incrementar la reputación de tal autor en Inglaterra, y Songs of freedom, recopilatorio de poemas ingleses y americanos de corte ideológico, escritos por personas tan destacadas como Byron, Wordsworth o el propio Shelley.

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Publicado en Bueno y Vegano Diciembre 2018

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