Algunos niños juegan a encerrar a insectos en botellas de vidrio, a cortar colas a lagartijas o a tirar piedras a perros y gatos, unos actos crueles que se han considerado, y todavía aún se valoran en muchos rincones del planeta, como simples travesuras sin importancia. Sin embargo, en las últimas décadas, investigaciones en psicología y criminología están demostrando la estrecha relación entre el maltrato hacia los animales no humanos y la violencia interpersonal.

La crueldad no entiende de especies William Hoghart. Las cuatro etapas de la crueldad
William Hoghart. Las cuatro etapas de la crueldad

Los maltratadores de animales tienen mayor probabilidad de ser violentos contra los humanos y cometer delitos comunes, según numerosos estudios, entre los que destaca La relación del abuso hacia los animales con la violencia y otras formas de comportamiento antisocial de Arnold Arluke publicado en 1999. “Un maltratador de animales tiene cinco veces más probabilidades de cometer crímenes violentos, cuatro veces más de delinquir contra la propiedad, y tres veces más de cometer delitos relacionados con las drogas y contra el orden público”, concluye.

Infames asesinos en serie han confesado experimentar sensaciones de placer al matar animales durante su infancia. Edmund Kemper mataba a gatos que encontraba por el vecindario y colgaba sus cabezas en estacas. Mató también a su propio gato y lo cortó en pedazos. Con 15 años, acabó con la vida de sus abuelos. De adulto, en la década de los 70, asesinó a seis universitarias. Para cerrar su repulsivo listado acabó con su madre y una amiga de ésta. Después de matar a sus víctimas, practicaba necrofilia con ellas y las descuartizaba.

Jeffrey Dahmer tenía por hobby matar a los animales de compañía de sus vecinos y torturar a ranas. Con pocos años, ya coleccionaba insectos en jarras y exploraba los cuerpos de animales vivos para ver qué había dentro. Entre 1978 y 1991, asesinó a 17 hombres, a quienes les practicó necrofilia y canibalismo. Ted Bundy, quien se calcula que acabó con la vida de más de 100 personas, aprendió de su abuelo a torturar animales, a golpear al perro de la familia y a maltratar a gatos.

Ellos son sólo tres ejemplos de una larga lista de asesinos en serie y  de masas que empezaron su carrera delictiva torturando a animales. Este mismo patrón también está vinculado con otros crímenes violentos como agresiones sexuales, maltrato infantil y violencia de género.

En Estados Unidos, el 86% de mujeres víctimas de violencia de género también refieren maltrato a sus animales de compañía como venganza o para ejercer poder sobre ellas o sus hijos, según un estudio de Frank Ascione. La cifra se eleva hasta el 93% en España al incluir el daño psicológico al animal, según datos del Grupo para el Estudio de la Violencia hacia Humanos y Animales (GEVHA). Además, el 59% de víctimas retrasan o se niegan a ir a una casa de acogida si no se proporciona también seguridad a los animales.

Muchos niños pasan de ejercer la violencia contra los animales a hacerlo contra las personas a lo largo de su vida: de niño cruel a adulto cruel. Ya en 1751 el artista inglés William Hogarth ilustró esta evolución en su serie de cuatro grabados Las cuatro etapas de la crueldad. Su personaje ficticio, Tom Nero, empieza torturando a un perro, una escena en la que una multitud de niños participan o fomentan el abuso de animales; pasa a golpear a su caballo y acaba asesinando a una mujer.

Para evitar este desolador recorrido es necesario que la sociedad sea capaz de detectar los comportamientos violentos en los más pequeños y desactivar a tiempo esta bomba de relojería. Porque una brutalidad intencional hacia los animales que se repite, sin empatía y que no causa remordimiento es una primera manifestación de trastornos afectivos y de relación interpersonal que puede llegar a violencia extrema en la edad adulta.

La sociedad debe inculcar respeto y cuidado hacia los animales, algo difícil en un país como España, donde la violencia animal es una gran lacra y, en muchos casos, está institucionalizada. Casi 138.000 perros y gatos fueron abandonados en España en 2016, según datos de la Fundación Affinity. Y unos 60.000 animales, sobre todo bovinos, son maltratados cada año en fiestas populares, tal y como denuncia la Fundación FAADA. La larga lista de festejos incluye al Toro de la Vega, al de Coria (Cáceres) y Medinaceli (Soria), las becerradas de Zarzalejo (Madrid), el lanzamiento de una pava desde el campanario de Cazalilla de la Sierra (Jaén) o la batalla de ratas en Puig (Valencia)… sin hablar de la fiesta nacional.

Con la excepción de estas anacrónicas celebraciones, de matar animales para consumo humano o por diversión (la caza legal) y de explotarlos para espectáculos o deportes, el maltrato animal es delito en España, tal y como recoge el artículo 337 del Código Penal. “Será castigado con la pena de tres meses y un día a un año de prisión e inhabilitación especial de un año y un día a tres años para el ejercicio de profesión, oficio o comercio que tenga relación con los animales y para la tenencia de animales, el que por cualquier medio o procedimiento maltrate injustificadamente, causándole lesiones que menoscaben gravemente su salud o sometiéndole a explotación sexual, a un animal doméstico o amansado, un animal de los que habitualmente están domesticados, un animal que temporal o permanentemente vive bajo control humano, o cualquier animal que no viva en estado salvaje”, expone.

La sociedad debe inculcar respeto y cuidado hacia los animales, algo difícil en un país como España, donde la violencia animal es una gran lacra

En Estados Unidos, desde el 1 de Enero del 2016 el FBI (cuerpo estadounidense de investigación criminal) ha empezado a registrar el maltrato a animales como un delito contra la sociedad, por la importancia de la naturaleza del delito en sí (por el hecho de ser seres sintientes) y por su correlación con la violencia interpersonal. Según el FBI, el 46% de los asesinos en serie maltrataron animales en su adolescencia y el 41% de los delincuentes violentos tienen antecedentes por el mismo delito.

En 2016, se documentaron 1.126 casos en todo el país: un 51% de maltrato simple o negligencia, un 45,29% de maltrato intencional y tortura, un 0,71% de maltrato organizado (peleas de perros y gallos) y un 0,80% de abuso sexual.  En esta definición no se incluye el mantenimiento adecuado de los animales para espectáculos o deportes, el uso de animales para la alimentación, la caza legal, la pesca o la captura.

“Aún es muy temprano para evaluar las consecuencias del cambio de clasificación del maltrato a animales a delito contra la sociedad, y tenemos que trabajar duro para que las 18.000 agencias y departamentos de policía participen de manera más activa y las cifras de maltrato a animales no estén infrarrepresentadas en las estadísticas policiales, como hemos ido constatando a lo largo del año y con el informe final del 2016. Sólo se han reportado 1.126 casos en todo Estados Unidos”, afirma Núria Querol, profesora e investigadora de la Unidad de Perfilación y Análisis de la Conducta Criminal (UB) y Miembro del Grupo de Trabajo de NSA/FBI sobre maltrato animal.

La sociedad es cada vez más sensible ante el maltrato animal. Hechos como la salvaje mutilación de 15 perros en una protectora de Tarragona en 2001, el trabajador que mató a saltos a 79 lechones en Almería en 2016 o la ‘perrera de los horrores’ en Torremolinos, en la que Carmen Marín mató a 2.183 perros y gatos, han generado un gran rechazo social y la petición de penas más duras. Pero todavía queda mucho trabajo por hacer para conseguir erradicar estos atroces comportamientos y entender que la manifestación de la crueldad suele presentarse primero contra los más débiles, los animales no humanos.

Autora: Cristina Fernández, Periodista & Blogger, www.paladarvegano.blog

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Publicado en Bueno y Vegano Junio 2018

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