Cuando Jess Strathdee y su esposo Andrew trabajaban en una granja lechera en Canterbury pensaban que ese era el ideal de una vida perfectamente rural. Pero luego de pasar cuatro años, día tras día, junto a vacas y terneros, y conocer la terrible realidad que oculta la industria láctea, Jess supo que su vida debía dar un vuelco de 180 grados.

Comenzó a dejar de consumir carne y lácteos y a interesarse por proteger a los animales. «Una vez que rompes la barrera que crea el condicionamiento social a comer carne, despiertas en un mundo de horror», confiesa. Jess considera que estamos ciegos ante el maltrato y matanza sistemática y masiva que sucede día tras día en granjas y mataderos y, debido al trabajo al cual se dedicaba, para ella fue mucho más intenso caer en cuenta de todo.

«Yo vi cómo a vacas madres que acababan de dar a luz bajo la nieve o tormentas les quitaban a sus bebés inmediatamente. Ni siquiera permitían que los limpiaran antes de llevárselos».

Cuando Jess comenzó a trabajar en el área de ordeño con 600 vacas sintió una «sensación de orgullo y solidaridad con las vacas». Pero unos meses más tarde, cuando presenció la separación de la vacas de sus becerros, cambió drásticamente la forma en que veía todo.

«El sentimiento de horror fue inmediato», recuerda. «Yo vi cómo a vacas madres que acababan de dar a luz bajo la nieve o tormentas les quitaban a sus bebés inmediatamente. Ni siquiera permitían que los limpiaran antes de llevárselos». Jess sabía que, lógicamente, para que una vaca produzca leche debe tener un bebé, pero no había nunca pensado en el destino terrible que debían sufrir tanto las madres como los bebés a raíz de la separación. El impacto fue tal que confesó: «Desde esa mañana supe que no consumiría lácteos de nuevo y lloré, cada día, a lo largo de dos semanas».

Cuando Jess tuvo su primer hijo todo fue aún más claro para ella: «Ser madre intensificó todo lo que estaba sintiendo por las vacas y sus terneros. Me desperté y me di cuenta que lo único que realmente estaba haciendo era pagar las cuentas. Las vacas daban a luz frente a mi ventana, escuchaba sus lamentos de labor de parto toda la noche, y luego las veía amando y limpiando a sus bebés, hasta que mi esposo venía con el tractor para llevárselos», recuerda con dolor.

Jess salió muchas veces a grabar a las vacas durante aquellas dos horas en las que aún estaban con sus bebés porque pensaba que si lo documentaba y más personas conocían esta crueldad podrían rechazarla al igual que ella. Luego de esto, Jess decidió dejar inmediatamente la granja, con o sin su marido. Pero Andrew estaba tan afectado como ella, se sentía roto por dentro y estaba seguro que no podría soportar otra temporada de nacimiento de los becerros.

Actualmente, Jess y Andrew viven en una pequeña ciudad de la costa de Canterbury, donde felizmente crían a su hijo Mac y todos siguen una alimentación basada en proteínas vegetales. «En este momento trabajo con humanos, pero mi sueño es trabajar con animales», dice Jess.

Las memorias de la granja aún vienen a su recuerdo y remueven el dolor, porque salir de allí no fue nunca una victoria para ellos, ya que sentían la enorme culpa de alejarse de las vacas y sus bebés que quedaban atrapadas en ese infierno.

Afortunadamente, actualmente abundan en supermercados y tiendas todo tipo de leches vegetales. Consumiendo estas alternativas estamos evitado una gran cantidad de maltrato animal. ¡Sustituir la leche de vaca por leche de almendras, de arroz, de soja o de avena es cada vez más fácil! También las puedes hacer en casa. ¿Te animas a probarlas?

Fuente: Igualdad Animal – www.igualdadanimal.org

Bueno y Vegano, tu mensual 100% vegano
Publicado en Bueno y Vegano Mayo 2018

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here