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El motivo por el que la mayoría de personas se hacen veganas, vegetarianas o reducen el consumo de productos de origen animal es la compasión por el sufrimiento de los mismos. Sin embargo, numerosos estudios que alertan sobre el impacto de la industria cárnica en el medioambiente y otros entornos han añadido nuevas razones para adoptar estas dietas, todas ellas con un denominador común: la sostenibilidad. El informe The Green Revolution asegura que el 21% de los vegetarianos en España lo son por esta cuestión.

Aun así, la ingesta de carne en este país continúa siendo elevada: cada persona come, de media, un kilo a la semana (el doble del máximo que recomienda la OMS). Con este nivel de consumo cabe cuestionarse si la mayoría de la sociedad española continúa sin ser consciente de los problemas que genera la actividad ganadera en su país, uno de los mayores productores de Europa. En tal caso, este artículo recoge los más relevantes.

El estercolero de Europa

En 2015 pasaron por los mataderos españoles 28,2 millones de cerdos, 2,5 millones de vacas y 700 millones de aves, entre otros animales. Y todos, pero especialmente los primeros, dejaron constancia de su paso: 61 millones de metros cúbicos de purines (orines y heces mezcladas con agua). O lo que es lo mismo, 23 campos del F.C Barcelona llenos de excrementos de cerdo, según una investigación realizada por la organización Food & Water Europe.

Los purines se almacenan en grandes balsas y en principio se emplean como fertilizante o biomasa para producir electricidad. Sin embargo, en muchas regiones del país, la excesiva aplicación de estos residuos en los campos de cultivo, debido en parte, a que desde 2013 algunas plantas de tratamiento se encuentran paradas por falta de financiación, y que el número de cerdos es cada vez mayor (en 2016 había censados 29,2 millones), está contaminando las aguas de nitrocompuestos, que en muchos casos son cancerígenos. Además, los vertidos ilegales y las roturas de las balsas, especialmente por tormentas, agravan todavía más el problema.

Cataluña y Aragón, donde se encuentran la mayoría de granjas porcinas, son las comunidades más afectadas: en la primera, la contaminación por nitratos supera el límite legal en el 41% de los acuíferos, y 142 municipios tienen problemas de acceso a agua potable, según la Agencia Catalana del Agua. En la segunda, el último informe de la Red Cemas (Control del Estado de las Masas de Agua) revela que 11 tramos de ríos y 36 sistemas de agua subterránea –más de un tercio del total- también están contaminados por nitratos, o en riesgo de estarlo al superar los 40 miligramos por litro.

Un foco de gases contaminantes

Al almacenarse al aire libre, los purines también liberan constantemente gas amoniaco, proveniente de la degradación de la urea presente en la orina. Cuando se encuentra en el aire, este contaminante provoca diversos problemas de salud humanos, y al depositarse en la tierra o en el agua acidifica y degrada los medios naturales, y la biodiversidad que albergan.

En 2010 la Agencia Europea del Medio Ambiente decretó restringir al máximo las emisiones de este gas. Sin embargo, España lleva seis años incumpliendo el techo de emisión, y es el único país europeo en el que la contaminación por amoniaco aumenta cada año. En 2015 se expulsaron 53 millones de kilos a la atmósfera, según el Registro Estatal de Emisiones y Fuentes Contaminantes (PRTR). Esta base de datos pública, también revela que en la última década el 94% de las empresas que excedieron el límite de emisiones eran cárnicas.

Pero no es el único gas que desprende este sector. El Inventario Nacional de GEI señala que 8,3% de los gases de efecto invernadero emitidos en España provienen de la actividad ganadera. En concreto de la fermentación entérica de los animales (flatulencias), las deposiciones de los mismos, y la gestión y aplicación de estiércoles.

Aunque esta cantidad es probablemente superior, ya que este inventario deja al margen las emisiones vinculadas a la producción de piensos y el consumo de energía del sector. Además, es inferior a las estimaciones que han publicado otros organismos sobre las emisiones de esta industria a nivel mundial: la FAO asegura que la actividad ganadera emite el 14,5% de gases de efecto invernadero del planeta. Mientras que la organización medioambiental Worldwatch Institute aumenta esta cifra al 51%.

El ganado se come el agua

La actividad ganadera también es responsable de la grave sequía que sufre el país, principalmente por el agua utilizada para producir pienso. El último informe del MAGRAMA desprende que en 2015 se fabricaron más de 31 millones de toneladas de este alimento, a partir del 67,1% de los cereales cosechados durante todo el año, entre otros cultivos. Teniendo en cuenta que el sector agrícola consume el 84,3% del agua en España, según los datos del INE, es presumible que un porcentaje significativo de esta cantidad se emplee para cultivar la comida de los animales de granja.

Aunque, a fganadería españolaalta de datos oficiales sobre la cantidad de agua que usa la ganadería española, los resultados de un estudio, publicado por Water Footprint Network, permiten hacerse una idea de la huella hídrica de este sector: producir un kilo de carne bovina consume 15.415 litros de agua, de oveja o cabra 8.763 litros y de cerdo 5.988 litros.

Los antibióticos pierden su efecto           

El impacto de la industria cárnica no solo trasciende al medioambiente, también agrava uno de los mayores problemas al que se enfrenta la medicina: la resistencia de cada vez más microorganismos al ataque de los antibióticos, como consecuencia de su uso indiscriminado. En 2013, se emplearon 130.000 toneladas de antimicrobianos en el mundo para prevenir y combatir enfermedades por la insalubridad de las granjas, y, en algunos países, para el crecimiento de los animales (ninguno de la UE, ya que está prohibido desde 2006).

La ganadería española es una de las que más contribuye a esta situación. Un reciente informe de la Agencia Europea del Medicamento (EMA) sitúa a nuestro país como líder de la UE en el uso de antibióticos para la cría de ganado. En 2015 se vendieron 3.029 toneladas de antimicrobianos, de los cuales el 99,9% se emplearon para animales de granja y el 0,1% en mascotas. Además, la comparación con otros países europeos es desmedida: un kilo de carne en España lleva 4 veces más antibióticos que en Alemania y seis veces más que en Francia.

Estas cifras alarman a científicos y médicos, ya que algunos antibióticos se emplean tanto en hospitales como en granjas. Sobre todo preocupa el uso desmedido de la colistina –una de las últimas armas antimicrobianas efectivas contra bacterias poliresistentes (superbacterias)–, del que la ganadería española también es líder en Europa. Ya se han dado casos de resistencia a este fármaco, y la OMS ha pedido que se prohíba su uso como profilaxis.

El Gobierno español diseñó en 2014 un plan de cinco años para revertir esta situación, aunque de momento sólo se ha registrado una reducción mínima en el uso de colistina, según la EMA.

A día de hoy, cada año mueren por suberbacterias 2.500 personas en España y suponen un gasto sanitario de 150 millones de euros, según datos del Ministerio de Sanidad. Además, las previsiones de futuro son preocupantes: un estudio sobre la resistencia a los antibióticos a escala mundial alerta de que si no se toman medidas urgentes en 2050 morirán más personas por bacterias poliresistentes que por cáncer (8,2 millones de muertes) o por accidentes de tráfico (1,2 millones).

Autor: Juan Gayá, Periodista ambiental y científico

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